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domingo, 3 de julio de 2016

MONIPODIO

            En estas fechas en las que se cumplen cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes he releído “Rinconete y Cortadillo”, una de sus “Novelas ejemplares”. No deja uno de sorprenderse, con la lectura, no ya del ingenio y la grandeza de la pluma de Cervantes sino de cómo la condición humana parece inmutable con el paso de los siglos y de cómo las miserias morales permanecen aunque los personajes cambien su vestuario y se transformen los decorados.

            Los personajes del submundo del hampa de la Sevilla del siglo XVI imaginados y caricaturizados por Cervantes, constituidos en cofradía y reunidos en el patio de la casa de Monipodio, jefe de los ladrones, no tienen mucha diferencia con los imaginados en el siglo XX, por ejemplo, por Mario Puzzo para “El Padrino”.

            Los ladrones idealizados por Cervantes no sólo robaban para la cofradía sino que además prestaban su servicio a la comunidad para que los hidalgos cobardes pudieran vengar sus afrentas sin necesidad de mancharse las manos y de jugarse el pellejo. A tal fin, Monipodio llevaba oculto en su capa un libro donde figuraba la memoria de los encargos que habían de darse cada semana, con el nombre de la víctima, el verdugo y el precio del negocio: una cuchillada a un mercader por cincuenta escudos; doce palos de “mayor cuantía” a un bodeguero de la Alfalfa, a un escudo cada uno...

            Además de los pinchazos, en el memorial de Monipodio, figuraban los encargos más surrealistas y escatológicos que se puedan imaginar bajo el epígrafe de “agravios comunes” . Los agravios iban desde publicar libelos, clavar sambenitos y cuernos, hasta untar de mierda la casa de la víctima; todo muy expeditivo aunque no tan violento y macabro como los encargos de don Corleone, que al más pintado le mandaba meter en la cama, mientras dormía, la cabeza ensangrentada de su propio caballo o lo convertía en un colador descargándole el cargador de una metralleta de mano.

            La picaresca del siglo del oro, sigue existiendo en nuestros días aunque los personajes son más sofisticados y utilizan otros medios para robar y hacer sus tropelías. La cofradía de hoy es un club secreto y selecto y el señor Monipodio tiene hoy cientos de caras y no se reúne con su gente en un patio sevillano, pues tiene una casa en cada uno de los paraísos fiscales que hay en el mundo y bufetes de abogados expertos en trapicheos en Panamá y en algunas ínsulas de mares remotos que no han de ser precisamente como la ínsula Barataria que gobernara Sancho Panza.

            En el “Rinconete y Cortadillo” de Cervantes, Monipodio se las entiende con el alguacil, un funcionario público venal, que hacía la vista gorda con los delitos de la cofradía, al que devuelve una bolsa robada a un pariente porque, según Monipodio, como dice el refrán: “No es mucho que a quien te da la gallina entera, tú des una pierna de ella”.

            Hoy para nuestro mal, sigue habiendo funcionarios, en nuestro caso cargos políticos, que se están llevando muslos y contramuslos, a cambio de que otros roben con impunidad las gallinas de nuestro gallinero; por no hablar de los hidalgos cobardes de media Europa que pagan a un monipodio turco para que se dedique a dar puñaladas cobardes en su nombre en forma de alambradas y botes de humo (25.4.2016).

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