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domingo, 24 de febrero de 2013

DE LO LEGAL Y LO JUSTO



Dicen que el refranero es sabio aunque a veces resulta contradictorio pues ofrece para muchas sentencias una afirmación y su contraria. En una de ellas asegura el refranero que ”La caridad bien entendida empieza por uno mismo”. Puede que haya un argumento contrapuesto, pero en los tiempos que corren, éste está de completa actualidad, aunque desgraciadamente la mayoría lo proclama sólo cuando necesita la solidaridad, no cuando tiene que practicarla. Viene esta reflexión a cuenta de los continuos cierres y amenazas de cierre de empresas viables, que al amparo de la reforma laboral y bajo el pretexto de la crisis, venimos padeciendo en nuestra tierra.
Los andalucistas emprendimos hace pocos días una campaña de concienciación para invitar a los andaluces a boicotear a aquellas empresas que, a pesar de ser viables y presentar beneficios, intimidan a la sociedad con cierres y despidos. Y digo bien cuando hablo de sociedad, porque a pesar de que algunos no quieran verlo por pura ceguera ideológica, cada vez que se cierra una fábrica o una empresa y despiden a sus trabajadores, todos perdemos un poco. Viene bien al caso el conocido poema de Martin Niemöller, acerca de las consecuencias de no hacer frente a las tiranías, que acaba con los versos “Cuando vinieron a buscarme,/ no había nadie más que pudiera protestar”.
Y es que una sociedad que permanece impasible ante las desgracias ajenas es una sociedad enferma. Una sociedad que no reacciona ante unas cifras de paro alarmante, que no responde ante unos recortes crueles, especialmente para las personas dependientes; una sociedad que no se rebela cuando cada día son más las familias que acuden a los bancos de alimentos para poder subsistir, corre el peligro de perder el tren de su propia historia. 
Si los andaluces no somos capaces de gritar al sistema que no queremos leyes injustas, como la ley hipotecaria que beneficia a los bancos y perjudica a los compradores condenándolos irremisiblemente a los desahucios, o como la legislación laboral que favorece a las multinacionales y damnifica a los trabajadores, bajo el principio deshumanizador de la competitividad y el beneficio, seguiremos sin ser dueños de nuestro futuro y seguirán siendo otros los que marquen el futuro de nuestras vidas.
Y los que se rasgan las vestiduras cuando alguien levanta su voz para denunciar las injusticias y justifican lo injustificable con una retórica vacía, debieran, aunque sólo fuera por un instante, mirar por el mismo prisma que miran los afectados. Imaginar a su propio padre condenado al paro porque una empresa viable ha decidido marcharse; suponer a una hija propia condenada al desahucio mientras con sus propios impuestos se sostiene a los bancos; comprobar cómo un hermano tiene que irse de su barrio y de su tierra para buscarse la vida. Si así lo hicieran, a lo mejor llegarían a nuestro mismo convencimiento: a veces lo legal no es justo. Y por eso, a veces, para hacer justicia tenemos que transgredir alguna norma, porque la caridad bien entendida, y por supuesto la justicia y la solidaridad, empiezan por uno mismo.
Manuel Visglerio Romero 22.02.2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

INVIERNO


      Marismas ha amanecido triste y desapacible; la envuelve una suave niebla como si estuviera cubierta por un tenue sudario. Todo, hasta donde alcanza la vista, es de un color blanco gélido y marmóreo. Tras la bruma la mirada se desenfoca y desdibuja las formas; las casas sólo se intuyen por los desconchados de las paredes encaladas o por los tenues barrotes de las rejas y balcones.

         Las ramas deshojadas de los árboles parecen lanzas mecidas por la brisa mañanera y hasta los paseantes que se atreven a caminar por las calles empapadas por la neblina se enturbian y se transforman en espectros. De los aleros prenden congeladas por el frío las gotas condensadas en los canalones de las tejas, mientras en los charcos, el agua turbia se defiende del frío con una coraza de escarcha.

         En las casas el relente se cuela por las rendijas de las puertas, por los pliegues de las sábanas, por las costuras de las ropas y se fija a la cal haciendo brillar las paredes como si sudaran de frío. Los cuerpos se agarrotan y se encorvan calados por la humedad hasta los huesos y todos los moradores del vecindario, como en un rito sagrado, se defienden del frío sentados alrededor de la camilla donde las ascuas del brasero, refulgen  como un volcán en miniatura. 
           Es invierno, los días son largos y monótonos  pero pronto llegará la primavera.

           Manuel Visglerio Romero - Febrero 2013 

sábado, 13 de octubre de 2012

CRÍTICOS Y ARRIBISTAS



Uno de los grabados más conocidos de Francisco de Goya es el  perteneciente a la serie “Los Caprichos”, titulado “El sueño de la razón produce monstruos”. No ha quedado claro el mensaje que el pintor pretendió transmitir con su obra, pero dada la época convulsa que le tocó vivir, no parece que se refiriera a las pesadillas que pueden presentarse durante el sueño; parece más evidente la referencia al olvido de la inteligencia, a la falta de razonamiento que se produce en ciertos momentos de desesperación. En estos momentos de incertidumbre y pesimismo la razón se difumina y llega incluso a desaparecer por completo en circunstancias de miedo, desesperanza o pánico.
En estos momentos de dificultad que padecemos, en los que tantas personas están sufriendo en sus propias carnes los azotes de la crisis, es fácil que se presenten los monstruos de la sinrazón. Quien padece la lacra del paro y no tiene expectativas de futuro, a corto plazo, es una víctima fácil de los prejuicios. Quien necesita imperiosamente una solución desesperada no se plantea la cualidad de los medios para conseguirla. Quien roba para dar de comer a su familia no comete delito; la razón de la sinrazón, en estos casos, está más que justificada.
El problema surge cuando algunos dirigentes políticos y sociales, aquellos que disfrutan de una vida más o menos acomodada o simplemente llevadera, deciden utilizar la sinrazón de los que sufren en provecho propio. O lo que es más alarmante, cuando los intelectuales, que debieran ser los que aportaran razón y cordura a una sociedad atribulada, deciden dar pábulo a estos dirigentes, otorgándoles un protagonismo social y político que en condiciones normales nunca tendrían.
Aparecen entonces, alimentados por la demagogia, los monstruos de la razón; aquellos que en este bucle maldito de la crisis, no buscan soluciones, sólo buscan culpables. La culpa del paro es de los emigrantes porque nos quitan el trabajo, o de los parados que son unos vagos y no quieren trabajar, o de los empresarios explotadores que no quieren dar trabajo para poder comprarse otro yate, o de los políticos que sólo piensan en su sillón y les trae sin cuidado el paro de la gente.
La sinrazón no busca la causa de los problemas, se limita a buscar un culpable para cada problema; y desgraciadamente, en la historia ha ocurrido siempre así: en las hambrunas de la Edad Media se asaltaban las juderías porque los judíos eran considerados los culpables del hambre, o se desterró a todos los moriscos porque de ellos era la culpa de los ataques de los piratas de Berbería. En la revolución rusa todos fueron culpables menos los bolcheviques. En la Alemania de entreguerras los judíos y los comunistas eran los causantes de todos los males del pueblo y ese mismo pueblo, o casi todo ese pueblo, desde el obrero hasta el profesor de universidad, cegado por el sueño de la razón, creó el monstruo del nazismo. Sí, lo creó el pueblo alemán, lo crearon los trabajadores y los intelectuales, todos los que llevados por la sinrazón apoyaron con su voto el ascenso a Canciller de un simple cabo del ejército que les gritaba al oído lo que su sinrazón quería oír. Antes y durante, en nuestro solar, nos escupimos a la cara nuestras culpas y terminamos matándonos en una espiral diabólica y fratricida.
Dicen que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Por eso, hoy más que nunca, tenemos entre todos la responsabilidad de mantener nuestras conciencias despiertas, hasta que despertemos de este mal sueño de la crisis, y no dejarnos llevar por los arribistas y los advenedizos de la política que sólo buscan trepar a costa de nuestras desgracias. Si estamos unidos entre todos será más fácil allanar el camino.
Manuel Visglerio Romero - Septiembre 2012.

domingo, 16 de septiembre de 2012

!VIVAN LAS CADENAS!



            El 12 de abril de 1814, un grupo de sesenta y nueve diputados de un total de doscientos veintitrés, suscribieron el conocido como Manifiesto de los Persas, un documento en el que solicitaban a Fernando VII el regreso al Antiguo Régimen y la derogación de la Constitución de 1812. El 4 de mayo el rey decretó el restablecimiento del absolutismo y el regreso a la España estamental. A la iniciativa de los diputados se unieron los gritos de vivan las cadenas del pueblo llano desesperado por la miseria y las hambrunas de la postguerra. El pueblo famélico y enojado no entendía de leyes, ni de libertades, sus prisas no eran las ideas si no el sustento. En esta situación, los nostálgicos encontraron el caldo de cultivo adecuado para impedir la aplicación de todos los avances y libertades recogidos en las Cortes de Cádiz que terminarían dando lugar a la Década Ominosa.
Salvando todas las distancias que se quieran salvar, en los tiempos que corren empieza de nuevo a repetirse la historia. Cada vez son más los que, aprovechándose de la crisis económica y de la situación de desesperación en la que se encuentran un número cada vez mayor de personas, pretenden sin el menor de los escrúpulos alterar el sistema político y las reglas del juego que nos dimos todos con la aprobación de la Constitución de 1978. Es fácil para algunos, dada la coyuntura actual, utilizar los altavoces del poder o de la prensa afín para buscar un chivo expiatorio al que endosar todos los males de una crisis a la que no saben dar una solución. Unos, en función de sus intereses electorales, culpan a los políticos, a todos los políticos; otros a los ayuntamientos; otros culpan a las autonomías, esos culpan a Bruselas y aquellos culpan a la señora Merckel. Y en esta espiral empieza a girar toda la sociedad a la que cada vez se le va menguando su propia memoria histórica. En el caso de las autonomía que algunos nostálgicos de la España, una, grande y libre, pretendan involucionar de nuevo a los Gobiernos Civiles y al “qué hay de lo mío” sobre las alfombras de los ministerios en Madrid, tiene un pase; pero que gente joven que ha nacido en democracia o que prácticamente han vivido toda su vida en democracia, empiecen a cuestionarse el Estado Autonómico y  se dejen llevar por estos cantos de sirena anticuada, resulta alarmante y anacrónico.
La memoria de los andaluces no puede ni debe ser tan débil. Alguien tendrá que salir a recordar a los andaluces como estaba Andalucía en la España preautonómica. Cómo eran nuestros pueblos y nuestras ciudades; cómo eran nuestras escuelas; cómo eran nuestros ambulatorios y nuestros hospitales; cómo eran nuestras carreteras. Cuales eran entonces las coberturas sociales y sanitarias. Cómo era nuestro ocio y nuestra cultura y quiénes podían acceder a ellos. Todos los logros y las conquistas se los debemos, en primer lugar, a la democracia y en segundo lugar a la Autonomía. A la Autonomía con mayúsculas, la que conquistó el Pueblo Andaluz en la calle exigiendo lo que a otros se daba  por “historia”, como si Andalucía no tuviese ni derechos, ni historia.
Es verdad que la Autonomía, por sí, no ha servido para modificar la situación de dependencia y atraso respecto a otras Comunidades. Y es también cierto que se han cometido durante los treinta años de ejercicio del autogobierno andaluz demasiadas tropelías por parte del partido hegemónico, que ha utilizado la Institución, sálvese quién pueda,  para crear un régimen clientelar y una administración paralela reservada a sus familiares y afines del partido.
Siendo todo esto cierto, y siendo todo esto grave, los Andaluces debemos defender nuestro derecho a decidir, porque el mal ejercicio de un derecho, no puede anular el derecho mismo. El problema no son las autonomías, el problema son los malos políticos que gestionan mal las autonomías. Para solucionar este problema sólo hay un instrumento: el voto. A nosotros corresponde decidir quienes nos gobiernan. Y a nosotros nos corresponde con nuestro voto corregir nuestros errores.
En España, en este río revuelto de la crisis, para algunos el problema es el Estado de las autonomías. Nuestro problema, después de más treinta años de democracia, son los nuevos Persas, los separadores de siempre, los que todavía no han aceptado que las autonomías no forman parte del estado porque son el Estado. Lo demás son las cadenas.

martes, 7 de agosto de 2012

CONVERSIÓN ÁULICA


Una mañana, tras un sueño intranquilo, el príncipe Arnaldo amaneció transformado en una rana. Una pequeña, simple y vulgar rana de charca. Ocurrió en verano, en su aposento del palacio estival. Aquella mañana se salvó de morir aplastado bajo la suela del zapato de su ayuda de cámara, porque saltó desde su cuarto al estanque de los jardines por una rendija entre las hojas de la ventana, justo antes de que su ayudante abriese la puerta para llamarlo. Desde entonces, croa cada tarde sentado sobre las hojas de un nenúfar.
Hasta el día de su conversión, ni siquiera los asistentes del palacio se dieron cuenta de los sutiles cambios que se producían en el príncipe. Su voz se hizo pastosa, y las palabras salían de su boca a impulsos, como si regurgitara cada silaba. La tarde anterior, mientras tomaban el té en la terraza, sólo prestaba atención al vuelo de las moscas con una mirada acuosa, casi liquida.
Desde que se dio la voz de alarma, nadie supo nada del príncipe Arnaldo y nadie encontró ninguna nota de despedida. Lo único insólito, a vista de todos, fue un antiguo libro de pastas gastadas, hallado en su cuarto, con un extraño título: “Cuentos y conjuros medievales”.
Manuel Visglerio Romero - Octubre 2011

martes, 17 de julio de 2012

FRASQUITO


      Frasquito tenía el estómago encurtido por los lingotazos de mosto peleón que llevaba años propinándose. Y nunca mejor dicho lo de propinarse, porque Frasquito se sufragaba las borracheras en la taberna del “Ligero”, con las cuatro propinas que sacaba haciendo recados por el pueblo. Le acompañaba siempre un perrillo faldero que apenas levantaba un palmo del suelo al que le había puesto el nombre de “monstruo” para compensar su poco tamaño.
          A “Tijeritas”, el barbero, le traía todas las mañanas el agua fresca del pozo del Barrio Dulce y le encendía el infernillo para calentarla antes de rapar a la clientela. A Curro el “Puya”, el picador, le llevaba a primera hora, desde el estanco, los cinco puros que se fumaba cada día fardando como un señorito en la Maestranza; y a su hermana Dolores le iba a la tienda de Juan “Gramo” a recoger los “mandaos” justo antes de que en el reloj de la Plaza dieran las doce, que era la hora en la que Frasquito hacía su entrada en la taberna de Paco el “Ligero”, con el mismo saludo de siempre:

                - ¡A los buenos días y a los buenos mostos!

             A partir de ese momento Frasquito se sentaba en el mismo taburete de la misma mesa de la taberna y empezaba a beber “medioslitros” hasta que se le calentaba la boca; aunque cada vez bebía menos cañas de mosto porque cada vez necesitaba menos cantidad de alcohol para arrancarse por bulerías, que era el momento fatídico en el que Paco el “Ligero”, lo mandaba a su casa a dormir la mona. Entonces el “monstruo” salía de la taberna y le servía de guía hasta que entraba por las puertas de la casa de su hermana Dolores. Cuando el perrillo se adelantaba más de la cuenta, porque Frasquito pegaba una “camballá”, le gritaba desde lejos:

- ¡Monstruo, no huyas cobarde!

La rutina etílica de Frasquito se alteró un mal día en que los mecenas de sus cogorzas cayeron postrados a un tiempo en el lecho del dolor. Al “Puya” lo ingresaron una tarde de domingo después de pegar un costalazo sobre el albero de la plaza de Utrera, mientras pegaba un puyazo antológico a un miura negro zaino y corniveleto, con la mala suerte, de que trastabillara el caballo y le cayera encima dejándolo para el arrastre. El “Tijeritas” tuvo que cerrar la barbería por una fiebre de malta que le insufló en el cuerpo un queso de cabra que trocó a un buhonero por un corte de pelo. Por mor de la fiebre de malta del mercachifle y la costalada del subalterno Frasquito se quedó sin cuartos y lo poco que bebió, a partir de aquel día, lo hizo a costa de lo poco que le aviaba su hermana Dolores.
Como la convalecencia de los padrinos duró más de lo que Frasco hubiera deseado y la asignación de la hermana alcanzó para poco, de cada tres lingotazos que Frasco se daba en la taberna, dos terminaron siendo fiados. Y con esas de pagar una copa y deber dos, a los pocos días se le acabó el crédito en la taberna de Paco. Incluso en la tienda de Juan “Gramo” dejaron de darle los recados de Dolores, el día en que se tragó de una sentada el vino de las comidas. A partir de entonces, perdió la confianza de su hermana, y terminó vagando por las calles de Marismas acompañado del perrillo y sumido en la desesperación de la abstinencia. Hasta la noche que cruzó la puerta de la sacristía de la parroquia cuando salió el sochantre. Camuflado en la oscuridad, con los reflejos de la luna que entraban por las ventanas, consiguió llegar al armario del vino de la consagración y como siguiendo la liturgia, Frasquito hizo en el aire con la mano la señal de la cruz y con parsimonia y delectación se tragó sin respirar el vino de la eucaristía. El medio litro de vino le atemperó el ánimo y le despejó la mente en la que se le iluminó de repente la luz de una idea. Entró en la iglesia, cruzó el presbiterio y se dirigió con diligencia al cepillo de la Patrona; sacó la navaja y sin saber cómo, a las primeras de cambio, consiguió abrir la cerradura. En el fondo de la cajita de madera apenas habría diez monedas que Frasco puso a buen recaudo antes de dirigirse al reclinatorio de los Urrutia que presidía la capilla principal. Se arrodilló y juntando las manos empezó a rezar una plegaria a la Virgen. Cuando terminó levantó el semblante y le dijo a la Patrona: 

- Virgencita, gracias por el vino. Lo del cepillo es un préstamo. Los padrenuestros son por la salud del “Puya” y del “Tijeritas”; cuanto antes los cures antes te devolveré el dinero. Amén.

Manuel Visglerio Romero - Junio 2012

jueves, 5 de julio de 2012

LA MARTA


A Diego la “Marta” lo encontraron una tarde, a las pocas semanas del alzamiento, tirado en un arroyo a las afueras de Marismas con la cabeza sumergida en el agua turbia de la orilla. Su hermana Esperanza y unos cuantos amigos, habían estado buscándolo durante días sin dar con su paradero. Lo encontró un vaquero mientras pastoreaba vacas junto al arroyo.
Cuando llegaron los civiles y sacaron su rostro del agua, parecía otra persona; tenía el semblante blanco como la porcelana y estaba completamente desfigurado a resultas de la paliza que le habían propinado. Los dos números tomaron el cuerpo de Diego del suelo y lo pusieron a lomos de una mula vieja. Uno de los guardias, mientras tapaba el cadáver con una manta y fustigaba al animal para iniciar la marcha de regreso hacia el pueblo, se dirigió con chulería a los cuatro curiosos que había junto al arroyo: ¿qué pasa, que no habéis visto nunca a un maricón muerto?
Diego la “Marta” había vivido toda su vida en una de las chozas del Cerro de la Horca, una especie de aldea de cabañas miserables separada del pueblo por un camino de arrecife, hasta que con el paso de los años consiguió ahorrar lo suficiente para comprarse una casita en las afueras del villorrio. Los precios de las casas seguían marcando los límites de la penuria; el que conseguía salir del Cerro, a lo más que llegaba era al arrabal de Marismas, de tal manera que el paso entre la miseria y la pobreza se limitaba al cruce de un camino.
Diego Ramírez, la “Marta”, nació en 1900. Iba como decía él, con el siglo. Su padre, Francisco el  “Talega”, era uno más de los desheredados que no tenían más propiedades que la ropa que vestían y una choza que daba cobijo a su familia. Diego le tenía desde siempre un cariño especial a su madre, Consuelo y a su única hermana Esperanza, cuatro o cinco años mayor que él. Con su padre no se llevaba ni bien ni mal porque simplemente no se trataban.
Desde muy niño y a medida que crecía, la madre de Diego se fue dando cuenta de que su hijo era diferente. Su cuerpo frágil y esbelto, y los ademanes femeninos que poco a poco iba mostrando con total naturalidad, confirmaron a la madre los peores presagios para su hijo. Su vida, si Dios no lo remediaba, iba a ser una lucha permanente, no sólo contra las privaciones, sino también contra lo más cruel de la condición humana. Mientras no tuvo edad, su mundo fue el que le fabricaron su madre y su hermana cada día. Él no fue consciente de su diferencia hasta que no empezó a ir a la escuela. Los primeros días, los pasó felizmente en la clase de párvulos de Don Augusto Moraleda, porque era un niño despierto y con ganas de aprender. El problema comenzó para él, cuando un rebaño de mayores del aula de Don Práxedes, el director del colegio, se dio cuenta del peculiar comportamiento de Dieguito, de su forma particular de correr y de saltar y del movimiento acompasado de sus manos. A partir de aquel momento empezó su calvario. A los insultos del rebaño, como si de un juego se tratara, se añadieron los de los más pequeños que repetían como loros lo que escuchaban sin saber siquiera el alcance de la algarabía. El pobre Diego atosigado hasta la histeria, recurría a Don Augusto, pero las palabras de amonestación del maestro de nada sirvieron, hasta que el pobre niño recurrió a Don Práxedes. A la mañana siguiente, al entrar al colegio, el director reunió en el patio a toda la clase bajo un frio helador, y les largó un discurso de más de media hora sobre las virtudes morales y la urbanidad. Desde entonces la vida de Diego dentro de la escuela cambió por completo hasta el día en que decidió dejar de aprender. El rebaño, se tragó el discurso y acepto la autoridad del director dentro de las paredes del colegio, pero se vengó del chivato puertas afuera. Tal fue la presión a la que estuvo sometido Diego, que durante una temporada se encerró en la choza y sólo salía para ir a la escuela. Eran los dos únicos lugares en los que encontraba seguridad. A la presión de los niñatos, se unía la de su padre. El “Talega” discutía con su mujer un día sí y otro también sobre como trataban al hijo. Delante del niño, el “Talega” le reprochó más de una vez a Consuelo que estaba educando a Diego como si fuera una niña, y que al paso que iba terminaría por criar un maricón en lugar de un hombre con dos cojones como eran su padre y todos sus parientes. Una tarde el “Talega” lo mandó a comprar tabaco y como Diego, dominado por el miedo a encontrarse con la cuadrilla escolar, se negó en redondo a cumplir las órdenes de su padre; un segundo no fue suficiente para que el “Talega” se sacara la correa y pusiera en práctica sobre la espalda del pobre desdichado la terapia que venía anunciando a su mujer desde el momento que creyó ver que su hijo maleaba.
Con el paso del tiempo, Diego y el “Talega” se fueron distanciando; Diego dejó de hablarle y empezó a actuar como si el “Talega” nunca hubiera existido; el silencio fue la coraza que detuvo el desprecio y las palizas de su padre, pero contra el acoso de sus compañeros y del resto del pueblo se dio cuenta de que no podría hacer nada. Las burlas, los insultos y las humillaciones se convirtieron en una costumbre. Al final, para seguir viviendo con cierta dignidad, sin sentirse permanentemente vigilado y acosado, terminó por hacer lo que hacían la mayoría de los que se encontraban en su pellejo, seguirle la corriente al personal. A partir de entonces comenzó a representar el papel que una parte de Marismas le había otorgado. Se convirtió en una caricatura de sí  mismo. Y se creó su propio personaje, el de un mariquita ordinario, simpático, deslenguado y respondón, que a todos divertía, y al que utilizó con el paso de los años para vengarse de algunos de sus acosadores dejándolos en ridículo, riéndose de ellos o levantándoles alguna calumnia delante de la gente en el momento más inoportuno.
Diego dejó la escuela con apenas quince años y se fue a trabajar con su hermana Esperanza, que llevaba años pintando casas en el pueblo. Se dedicó a partir de entonces a pintar paredes al tiempo que en la cabeza iba pintando ilusiones de una vida mejor. Fue en estos años cuando nació el apodo de la “Marta”. Se lo puso a Diego, Doña Maruja, la señora de Don Manuel Urrutia, el propietario con más tierras de todos los contornos. Durante unos días de primavera, Diego y su hermana estuvieron pintando en Sevilla en la casa de unos primos de Don Manuel, adonde habían ido recomendados por Doña Maruja. Cuando regresaron al pueblo la señora los mandó llamar para enterarse de la estancia en Sevilla. Diego que llevaba la voz cantante y que no dejaba nunca hablar a su hermana, no paró de realzar la finura de la prima de Don Manuel. Una señora que parecía una marquesa por las ropas tan elegantes y relucientes que siempre llevaba, por las visitas que recibía y por las salidas que hacía casi a diario. Incluso el último día según relató Diego, la señora fue al teatro acompañada de una amiga de nombre muy rimbombante. Y estaba tan seguro porque escuchó desde el patio como la señora le decía a su doncella, que esa noche iría al teatro con la marta cibelina. Nada más escuchar la dueña de la casa las últimas palabras de Diego, lo calló, y delante de todos los que estaban presentes le dijo:
-¡Ay, Diego! ¡Ay, Diego! Tú sí que eres una marta cibelina. ¡Pero hombre, si la  marta es un abrigo!, - a partir de aquel día, Diego Ramírez pasó a la historia y nació a partir de entonces, y para siempre, Diego la “Marta”.
Cuando su hermana Esperanza se casó con un peón caminero y se fue del pueblo con su marido buscando nuevos caminos, Diego la “Marta” siguió recogiendo calzos y encalando tapias. Tenía su clientela entre lo más estirado de Marismas, aunque la mayor parte del año lo dedicaba a trajinar entre el cortijo y la casa grande de los Urrutia. Unas veces lo llamaba Doña Maruja para lavarle la cara a los caserones y otras lo hacía llamar Don Manuel para que divirtiera con sus coplas y con sus chistes salidos de tono, las comilonas que montaba cada vez que se terciaba y a la que invitaba al alcalde, al boticario, al médico y a un surtido grupo de pelotas que acudían a alabarle las virtudes al señor, a comer de balde y a trasegar por la cara todas las copas a que hubiere lugar.
Cuando llegó la República, la rutina de Don Manuel Urrutia se mantuvo, aunque con más discreción; con el nuevo alcalde ya no pudo contar porque era del partido radical, y con algunos pelotas tampoco porque se habían convertido en republicanos de toda la vida. La “Marta” era de los que acudía siempre a la llamada del potentado para rellenar como un bufón sus horas de rutina, porque para él y para muchos marismeños la pobreza no era compatible con la dignidad.
Durante los años de la República, la agitación social y las huelgas en el campo fueron en Marismas igual de habituales que en otros muchos pueblos de Andalucía. A medida que pasaban los días y los meses, para Diego resultaba más difícil mantener la lealtad pagada por los Urrutia. Cada vez que salía de su casa camino a la casa grande y se encontraba con algún piquete, volvían sus fantasmas escolares, aunque ahora venían acompañados de miradas de odio, de reproches de clase y de amenazas de muerte.
El alzamiento se impuso en Marismas en los primeros días. Un destacamento de regulares al mando de un capitán se encargó de que así fuera. La guerra pasó de largo por los arrabales, pero se quedaron entre las callejuelas la represión y la venganza. Del orden se encargaron el cabo de la guardia civil y el antiguo alcalde. En pocas semanas, el pueblo volvió a ser lo que siempre había sido, y la vida de Diego la “Marta” retornó a sus rutinas, a sus cales y a sus brochas. Hasta que una mañana no volvió al trabajo en la casa grande de los Urrutia. Don Manuel mandó a buscarlo. Como no estaba en su casa, mandó llamar a su hermana por si sabía de él. Nadie lo había visto. Nadie sabía por qué se había marchado. Pasaron dos días y no se supo nada; entre la gente del pueblo empezaron los rumores: ¡se ha pasado a los rojos! – decían unos; ¡lo han secuestrado los guerrilleros en la marisma! – decían otros; ¡se ha fugado con un amante! – decían los de siempre; ¡se ha ido a América a hacer fortuna! – decían los que le tenían aprecio. Y así, entre buenos deseos y malos augurios pasaron los días de ausencia de Diego la “Marta”, hasta que una tarde llegó al cuartelillo de los civiles un vaquero de la marisma con el aviso de que había un muerto en la orilla del arroyo Salado, muy cerca de Marismas.
Manuel Visglerio Romero - Diciembre 2.010