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domingo, 3 de julio de 2016

ÉTICA, ARITMÉTICA Y POLÍTICA

            Muchos, leyendo este encabezamiento, se preguntarán que qué tiene que ver el tocino con la velocidad. Algunos pensarán que nada; que relacionar la ética con la aritmética y, sobre todo, con la política es una pura cuestión retórica; pero pienso que después de transcurridos más de tres meses desde las elecciones generales sin que se haya configurado un gobierno, es muy pertinente recurrir a la aritmética electoral para calcular la viabilidad de las posibles alianzas y, sobre todo, a la ética para calificar los comportamientos y las actitudes de los distintos líderes políticos.

            La primera conclusión del resultado electoral, algo que ningún líder va a reconocer, es que todos fracasaron; el PP y el PSOE, porque se hundieron electoralmente, (el partido del gobierno perdió 63 escaños y más de tres millones de votos y la oposición alternativa se dejó 20 escaños y un millón y medio votantes, obteniendo el peor resultado de su historia) y los partidos del cambio, Podemos y Ciudadanos, porque no fueron capaces de acabar con el bipartidismo a pesar de que lo tenían todo a su favor.

            La segunda conclusión de las elecciones fue que, aritméticamente hablando, el electorado no otorgó una mayoría estable y suficiente a ninguna fuerza política para que pueda gobernar en solitario y hacer y deshacer a su antojo, que ha sido la práctica habitual de los distintos gobiernos, salvo en contadas ocasiones, desde los inicios de nuestra democracia. Nos hemos acostumbrado a una ética política fundamentada en deshacer más que en hacer; en difamar, incluso insultar, en lugar de discrepar y criticar de forma constructiva; destruir más que construir ha sido el comportamiento cotidiano y mayoritario.

            Hemos dado por buenas, legislatura tras legislatura, con nuestro votos y a veces hasta con nuestro aplauso, actitudes y comportamientos egoístas y sectarios. En este país se es de un partido por oposición al contrario, se vota a una opción para que no gobierne la otra. Se apoya a un gobierno para que derogue las leyes que, previamente, otro gobierno impuso sin el más mínimo consenso. Se airean y magnifican las corruptelas ajenas y se pone sordina o se silencian las tropelías propias. Esa ética antiestética, esas normas de conducta, es la que hemos santificado durante años. No hemos sabido comprender que, entre otras cosas, España no tendrá arreglo, como dice el poeta Javier Salvago, mientras no se condene la corrupción ‘de los nuestros’.

            Ahora, cuando una aritmética electoral imposible, obliga a los partidos por primera vez a entenderse, nos extrañamos de que no lo hagan. ¿Cómo lo van a hacer si no lo han hecho nunca desde la transición? ¿Cómo lo van a hacer si abandonamos el consenso de aquellos años y desde entonces hemos alentado a los que proclaman que su fin es impedir que gobiernen otros? ¿Cómo van a pactar si hemos jaleado a quienes desde una posición minoritaria pretenden imponernos a todos sus líneas rojas?

            Y no lo han hecho porque su objetivo último, como están demostrando cada día, no está siendo luchar por el bienestar de la gente que necesita respuestas a la crisis social y económica que llevamos años padeciendo, sino desgastar al contrario y buscar posiciones favorables de cara a unas nuevas elecciones que parecen inevitables. Todos siguen con las mismas cantinelas de la noche electoral, salvo el PSOE y Ciudadanos; el PP agarrado al clavo ardiendo de la ‘gran coalición’ a la alemana que es la única opción que le permitiría permanecer en el gobierno y Podemos con su estrategia de acoso al PSOE, al que quiere superar como segunda fuerza, alimentando las divisiones internas de los ‘barones’ socialistas a riesgo de soliviantar a las huestes propias que apuestan por un acercamiento.

             Socialistas y Ciudadanos son los únicos que han movido ficha, pero se les vio a la legua que su acuerdo para la investidura fallida de Sánchez fue un matrimonio de conveniencia y de supervivencia; sobre todo para Ciudadanos, el peor parado de las elecciones a pesar de que todo indicaba lo contrario; su fragilidad les fuerza a tragarse el desprecio que Sánchez les hace cuando se pone en almoneda, un día sí y otro también, con Podemos y sus ‘confluencias’, con tal de ser presidente a toda costa.

            El acuerdo con Ciudadanos fue para Sánchez como la trasfusión a un herido que se desangra; la sesión de investidura se convirtió en un acto electoralista para maquillar como ganador a un perdedor clamoroso; el problema de Sánchez es que la herida sangrante sigue abierta y si no la cierra antes del 2 de mayo, que es la fecha límite para que se convoquen nuevas elecciones, fuera y dentro de su partido hay más de uno y más de una, dispuestos a vampirizarlo.

            Me temo que después de toda esta pantomima ocurrirá lo inevitable: volveremos a tragarnos una nueva campaña electoral para que nos vuelvan a repetir la misma cantinela de lo malos y corruptos que son los otros y de lo buenos que son los nuestros y de lo mala que es la casta sino pacta conmigo, y lo descastada que es si lo hace, y de que cambiar la Constitución nada de nada a no ser que sea como yo te diga. Y si al final, como muchos vaticinan, el resultado de las nuevas elecciones es el mismo o muy parecido, habremos demostrado una vez más que tenemos lo que nos merecemos, es decir, más de lo mismo (28.3.2016).

¿LA CULPA ES ALGO?

            Según la psicología la culpa es un estado afectivo en el que la persona experimenta un conflicto emocional por haber hecho algo que piensa que no debió hacer o, por el contrario, por no haber hecho algo que debiera; pudiendo desencadenar, incluso, un trastorno obsesivo compulsivo.

            Por lo que se ve el sentimiento de culpa puede llegar a amargarle la vida a cualquiera, sobre todo si realmente se es culpable de algo. El problema se retuerce cuando nos cargan una culpa de la que no somos responsables o utilizan esa culpa como chantaje o justificación para obligarnos a hacer algo que nuestra voluntad o nuestra razón no terminan de asumir. Generalmente la estrategia de atribuir culpabilidades es muy habitual entre aquellos que detentan una posición de poder o que aspiran a lograrla, ya sea política, social o religiosa.

            La táctica del reproche de la culpa la sufrimos desde pequeños, yo diría que desde la cuna pues sólo por nacer, según la tradición judeocristiana, cargamos con la culpa de Adán; el cual por morder, en el paraíso, la manzana del árbol de la ciencia del bien y del mal, nos dejó a todos en herencia el pecado original. Culpa y pecado que sólo podemos redimir con el bautismo. Por no hablar de nuestra responsabilidad en la muerte de Jesucristo; oír, a ciertas edades, que por nuestra causa Cristo fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, hace casi dos mil años, puede resultar difícil de asimilar.    

            Esto ocurre, entre otras cosas, en el ámbito de lo trascendental, pero en el dominio doméstico el chantaje emocional también ha dado mucho juego; sobre todo cuando flaqueaba la autoridad paterna o materna. Todavía recuerdo cómo mi madre me obligaba a engullir toda la comida so pena, o mejor so culpa, de que los niños de África se murieran de hambre. Cuando la estratagema no funcionaba, que en temas gastronómicos era muy habitual, llegaba, a reglón seguido, el castigo, que también tenía su gradación y su categoría, porque no era lo mismo no comer un plato de lentejas, supuestamente repugnantes, que romper el jarrón de porcelana del salón o cualquier otro objeto fetiche del hogar. En estos casos la justicia materna no sólo era ciega, sino además universal, pues se llevaba un mandoble el que estaba más cerca del percance o todos los hermanos de forma solidaria.

            También en la escuela huir de la culpa era huir del correctivo. Por eso antes de que el maestro interrogara a la clase sobre una barrabasada, ocurrida en el aula, todos nos sacudíamos la culpa; porque tan importante era no tener la culpa, como no parecer culpable; por este motivo surgió el delator o “pelusa” que acusaba para evitar el castigo ya que, muchas veces, la justicia del profesor no sólo era ciega sino además arbitraria haciendo pagar a toda la grey la culpa de una sola oveja.

            En el ámbito social, sobre todo en los barrios o en los pueblos, la cuestión de los reproches y las culpas, a menudo resulta cruel a fuer de pintoresca; y es que, más de uno, habrá podido comprobar lo que ocurre cuando se desata un rumor. La entrada en el cuartel de la Guardia Civil, acompañado de otras personas, para denunciar la perdida de tu documentación, puede acabar en el otro extremo del pueblo como una detención por la “secreta” haciéndote culpable de tráfico de drogas. Amparado en la masa, es muy estrecho el espacio entre el cotilleo y la calumnia.

            El tema de las culpabilidades y de su uso puede llegar al paroxismo cuando se emplea políticamente de forma bastarda; sobre todo en este mundo actual en el que la globalización de las comunicaciones nos desvela a diario y en directo, mientras cenamos cómodamente en  nuestras casas, no sólo nuestras miserias sino también las miserias y las fatalidades que ocurren en los lugares más apartados del mundo.

            A mí, como a todos, se me rompe el alma cuando veo cómo muere la gente en el mar huyendo del hambre y de la guerra o a manos de quienes dicen actuar en nombre de dios en atentados indiscriminados; pero también, al menos a mí me ocurre, se me revuelven las tripas cuando algunos pretenden hacernos culpables, desde una tribuna o un púlpito, de todo lo que ocurre tras la pantalla del televisor como si ellos fueran la conciencia del mundo y nosotros los responsables de los males del universo, a no ser que los sigamos a ellos cerrilmente contra sus adversarios, en cuyo caso entramos en el grupo de los elegidos.

            Llegados a este punto, a estos les digo que yo no tengo la culpa del hambre en el mundo, ni de las guerras, ni de las miserias; que si quieren buscar culpables que no los busquen maltratando las conciencias de la gente. Que no se pueden generalizar las responsabilidades y las culpas; que yo, como europeo no soy culpable de lo que decida la Comisión Europea sobre los refugiados, ni tampoco me creo con derecho a acusarlos de querer hacer daño a sabiendas.

            Por mucho que digan, yo no me siento cómplice de lo que ocurre en Siria, ni en Libia, ni en Egipto, ni en Túnez, porque yo no comencé la primavera árabe ni tuve nada que ver con Gadafi, con Mubarak, ni con Al Assad. Yo, para atacar a Obama no justifico a Putin, ni aplaudo a Irán para joder a Turquía, ni tampoco hago lo contrario porque creo que todos, incluida Europa, en mayor o menor medida, son culpables de lo que está ocurriendo. Y que a mí, por supuesto, me preocupa lo que ocurre, y que me voy a seguir comiendo mi plato de lentejas aunque con ello no vayan a dejar de morir niños en África, porque lo que nos queda, creo, como decía Antonio Machado, es practicar el secreto de la filantropía y dejar de lanzar culpas interesadas, porque al final como dice la gente: ¿la culpa es algo? (21.3.2016).

EL ALGARROBÍCO



            Dice el refranero popular que “quien rompe paga y se lleva los tiestos rotos”, una sentencia que, por evidente, parece una perogrullada, aunque hay veces en las que lo difícil es determinar a quién se refiere el pronombre. Vamos, que hay ocasiones en las que sabemos lo que se ha roto pero no sabemos quién es el responsable de la rotura y, por lo tanto, del pago, a pesar de que parezca indiscutible la autoría.

            En el caso del hotel de la playa “El Algarrobico”, en Carboneras, el Tribunal Supremo acaba de determinar, después de diez años de pleitos y sentencias contradictorias, que el complejo turístico está construido invadiendo los 100 metros de la franja de dominio público marítimo-terrestre y que se levantó en una zona protegida del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar; parece que esta aberración urbanística tiene las horas contadas.

            La resolución judicial tiene una consecuencia inmediata: el hotel habrá que derribarlo y seremos nosotros, sin ninguna duda, los que pagaremos los platos aunque nunca hayamos roto uno. De momento la demolición nos va a costar 7,1 millones de euros; después, seguramente, tendremos que pagarle al promotor los gastos de la construcción y el lucro cesante, algo que reclama en los tribunales por un monto total de 70 millones de euros, que no son precisamente reales de vellón, y que seguramente ganará porque resulta que este señor tenía licencia municipal y autorización de la Junta, además de alguna subvención autonómica para construir el hotel. Vamos a pagar entre todos por la arbitrariedad de una decisión política y al final los responsables reales del estropicio seguirán en sus poltronas.

            He utilizado hasta ahora el plural mayestático, porque creo que este asunto nos debería hacer reflexionar sobre la titularidad del dominio público que aunque, desgraciadamente, para muchos no es de nadie, nos pertenece a todos. Creo que, tomando como ejemplo “El Algarrobico”, ha llegado ya la hora de exigir responsabilidades patrimoniales a los políticos que, de forma consciente o por dejadez manifiesta, dañan el interés general y trasladar también esa responsabilidad subsidiariamente a sus partidos. A lo mejor así se cuidaba más de uno de hacer experimentos con el dinero de todos y el partido dejaba de amparar a algún que otro desalmado. Porque lo que parece claro es que nosotros no tenemos porqué seguir pagando los trastos que no hemos roto y mucho menos cargar con los escombros (13.3.2016).

lunes, 23 de marzo de 2015

IMPOTENCIA




Después de los últimos resultados de las Elecciones al Parlamento de Andalucía, en las que nuevamente el Partido Andalucista ha quedado sin representación, creo que, como candidato número uno por la provincia de Sevilla, este nuevo fracaso merece una reflexión mía desde la cuota parte de responsabilidad que pueda corresponderme. Y no voy a escurrir el bulto eludiendo esa responsabilidad.

Está claro que no hemos sido capaces de conectar con el electorado y que probablemente hemos errado en el fondo y en la forma de transmitir nuestro mensaje. Pero admitiendo lo anterior, hay algo que no alcanzo a comprender  y que me sigo preguntando a pocas horas de conocer el escrutinio: ¿por qué el pueblo andaluz es tan crítico y exigente con nosotros y tan permisivo y tolerante con los demás? ¿por qué Andalucía perdona la corrupción del partido que lleva más de treinta años gobernándola y perdona la corrupción del otro partido que lleva los mismos años queriendo gobernarla?

¿Por qué el pueblo andaluz se deslumbra y se deja llevar con tanta facilidad por el primero que llega y desconfía de un partido, como el andalucista, formado por hombres y mujeres que llevan décadas trabajando en nuestros pueblos y ciudades, en la inmensa mayoría de los casos, costándoles el tiempo y el dinero?

¿Por qué la prensa y lo medios andaluces no sólo nos ignoran sino que además nos silencian? Porque el silencio de los andalucistas no es fruto de nuestra falta de voz y de propuestas sino de una estrategia premeditada de hacernos invisibles e inaudibles para favorecer electoralmente a otros que con su dinero nos acallan.

Después de preguntarme todo esto y después de reconocer mis propios errores sigo sin encontrar razones para un trato tan desigual y tan injusto. Es verdad que en Andalucía la gente lo está pasando mal y es verdad que son muchos los que, con especial crudeza, están sufriendo los azotes de la crisis; pero no es menos cierto, al menos para mí lo es, que nadie vendrá de fuera a resolver nuestros problemas. Y sólo espero, por el bien de todos, que el pueblo andaluz haya acertado con su voto. Aunque me temo que no será así; por eso hoy quiero recordar unas palabras de Blas Infante, que vienen muy al caso. No son fruto de mi soberbia, son fruto de mi impotencia:

“Y, no se me diga que el pueblo sufre. Ese pueblo, tiene ahora lo que merece. Ese pueblo, es quien elige ahora; pues bien; que sepa elegir. Mientras las circunstancias condicionantes de la actual política estén vigentes, yo, no obstante que trabajo por reformar esa política, tengo derecho a decir: Nada debo a ese pueblo. Ningún liberalista tampoco. Nada nos dio él, nosotros, todo se lo dimos: algunas veces hasta la ofrenda de vivir. Allá ese pueblo con sus representantes. ¿Que roban al pueblo sus elegidos?, que le roben. ¿Que lo depredan?, pues que no se dejen depredar”. 
Manuel Visglerio Romero - 23 de marzo de 2015

miércoles, 26 de noviembre de 2014

LA TIERRA PERTENECE A LOS VIVOS

¿En quién reside la soberanía?, ¿quién puede decidir en nombre de todos y desde cuándo? Yo, que no soy entendido en derecho constitucional, tengo clara la respuesta; basta leer el artículo 1.2 de la Constitución Española para saber que "la soberanía nacional reside en el pueblo 'español' del que emanan los poderes del Estado". Parece algo evidente; lo que siempre me ha llamado la atención es que los constituyentes incluyeran el calificativo 'español' al referirse al pueblo soberano; algo que no ocurre, por ejemplo, ni en la constitución francesa, en la portuguesa o en la italiana; en todos estos casos la soberanía simplemente reside en el pueblo, a secas.

¿A qué otro pueblo cabría otorgar la soberanía española en la Constitución Española? Parece claro que al constituyente de 1978 alguien lo indujo a dejar muy claro el asunto de la soberanía nacional. Pero, en cualquier caso, suena a "excusatio non petita, accusatio manifesta", a "como sé que hay más de un pueblo en esta carpetovetónica, para algunos, piel de toro, dejemos claro a quienes nos corresponde ejercer esa soberanía. Algo que no hubo que aclarar en el proyecto de constitución de la 1ª República Española ('la soberanía reside en todos los ciudadanos'), ni tampoco en la Constitución de la 2ª República Española (los poderes emanan del pueblo).

Quedó puntualizado en 1978 para que, llegado el caso, que ya ha llegado con el tema catalán, sólo cupiera una interpretación posible. La de aquellos nostálgicos de viejas glorias olvidadas que siempre han tenido una visión sesgada de la historia de España. Son los mismos que no aceptaron la España federal de 1874, ni la autonómica de 1936 y que siguen, hoy día, cuestionando la evolución del actual estado autonómico. Y todo, bajo argumentaciones puramente historicistas.

Llegados a este punto cabe preguntar de nuevo ¿en quién reside la soberanía? e, inevitablemente, hacer preguntas que por simples pueden resultar demagógicas: ¿alguien preguntó al pueblo castellano y al pueblo aragonés si estaban de acuerdo con la boda de la reina Isabel I de Castilla con el rey Fernando II de Aragón para constituir un nuevo reino? ¿alguien preguntó a los nazaríes si aceptaban a los reyes católicos tras la guerra de Granada? ¿Qué soberanía es más legítima, la emanada de las urnas o la originada por una conquista militar o por el fruto de un braguetazo? ¿Tenemos derecho los andaluces a la autonomía aunque no la tuvimos antes de la guerra civil como los catalanes, los gallegos y los vascos? ¿Tenemos derecho los andaluces a decidir sobre nuestro futuro o estamos condenados por la historia a seguir viviendo en el vagón de cola de los pueblos de España?

Y como no podía ser de otra manera habrá que hacerse, inevitablemente, la pregunta de moda: ¿Tienen los catalanes derecho a decidir si quieren seguir formando parte de España? Yo, sin ambages, pienso que sí; aunque también defiendo que si resuelven marcharse tendremos que hacerles, entre todos, las cuentas y el finiquito. Cabe también negarles el  pan y la sal como hacen muchos. No obstante, yo creo que ha llegado el momento de abandonar posturas maximalistas y empezar a negociar nuevas formas políticas de convivencia, porque creo que el inmovilismo político, en éste y en otros casos, no ayuda a encontrar soluciones. La historia ya ha demostrado adónde nos lleva el tancredismo político.

Los tiempos cambian y las personas también; ya lo dijo Ortega 'yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo'.  Tenemos que amoldar nuestras leyes al momento que nos ha tocado vivir. Tenemos y debemos conocer nuestra historia, pero no podemos vivir anclados en ella: "la tierra pertenece a los vivos". Esta sentencia de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, viene muy al caso; igual que la carta que envió a su sucesor en el cargo James Madison el 6 de septiembre de 1789: "los vivos tienen la tierra en usufructo; y los muertos no tienen poder ni derechos sobre ella. La porción que ocupa un individuo deja de ser suya cuando él mismo ya no es, y revierte a la sociedad... ninguna sociedad puede hacer una constitución perpetua, ni tan siquiera una ley perpetua. La tierra pertenece siempre a la generación viviente: pueden, por tanto, administrarla, y administrar sus frutos, como les plazca, durante su usufructo. Toda constitución y toda ley caducan naturalmente pasados treinta y cuatro años".

El tema de las fechas parece premonitorio, nuestra constitución cumplirá pronto treinta y seis años. Ha llegado el momento de mover las fichas porque ya vamos con dos años de retraso.

Manuel Visglerio Romero - 17 de noviembre de 2014

jueves, 23 de enero de 2014

EN DEFENSA DE LA POLITICA

             El desprecio de la política es algo que, en estos tiempos que corren, está muy en boga. Es frecuente oír comentarios en la calle sobre la política y los políticos; sentencias sobre la catadura moral de todos ellos, a los que algunos, sin cortapisas, estarían dispuestos a mandarlos a picar piedras a una cantera. Incluso en las redes sociales es frecuente observar comentarios y viñetas mofándose de la clase política. En muchos casos, desgraciadamente, con argumentos de peso, y en otros muchos casos con testimonios demagógicos dados por ciertos sin ningún tipo de constatación. Con razón, o sin ella, criticar a la política está de moda en las redes y está de moda en la calle.

          El desprestigio es tan clamoroso y tan unánime que hasta las encuestas del CIS se hacen eco de este sentimiento de desapego a todos los gestores de lo público, salvo a los agentes de la autoridad que curiosamente son de los más apreciados. Supongo que el desarrollo de estas simpatías tiene una relación directa con el desarrollo de la economía y fluctúa según los ciclos económicos.

              Cuando la economía va bien y está en su ciclo alto, los políticos pasan desapercibidos y casi da igual lo que hagan; a la policía, entonces, se la menosprecia porque coarta la libertad que nos ofrece una cartera desahogada. Pero cuando el ciclo es bajo o incluso muy bajo como en la crisis actual, los políticos son el foco de todas las iras porque le quitan a la gente lo poco que tienen. Los guardias, por el contrario, son el foco de todos los halagos porque son los que aseguran lo poco que les queda.

     Pero si a la situación económica sumamos los continuos casos de corrupción, necesitaremos que pasen muchos años para recuperar la confianza en la política. Sobre todo porque no se trata de casos de corrupción aislados y a pequeña escala, han alcanzando incluso a las más altas esferas del sistema del estado y de los partidos. Y en este caso, de acuerdo con Cicerón (‘corruptio optimi pessima est’), ‘la corrupción de los mejores es la peor de todas’, será especialmente difícil recuperar la confianza perdida.

         Nos queda, a los que creemos en la política, convencer a todo el que nos oiga que la política es parte de nuestras vidas; que somos por naturaleza, como decía Aristóteles, animales políticos; que nuestra salud depende de una decisión política; que la educación de nuestros hijos y el bienestar de nuestros mayores dependen de un acuerdo político; que la calidad del aire que respiramos, del agua que bebemos y del paisaje que admiramos dependen, cada vez más, de una decisión política. 

          Por eso tenemos que llevar a la práctica entre todos lo que Antonio Machado, a través de Juan de Mairena, le decía a los alumnos: ‘vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros y, naturalmente, contra vosotros’. Y tenemos entre todos que desterrar con nuestro voto a los malos políticos y elegir a los mejores, porque a pesar de todo, como dijo Winston Churchill, ‘la democracia es el menos malo de los sistemas políticos’.

            Manuel Visglerio Romero - Agosto 2013.

  

EL SINDROME DE ESTOCOLMO

                El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica que sufren personas que han padecido un secuestro. Consiste en desarrollar hacia los captores un vínculo afectivo. La victima agradece como un acto humanitario de los secuestradores el hecho de no sufrir violencia física, pasando por alto la violencia psicológica hasta el extremo de terminar tomando parte por ellos en lugar de valorar el trabajo policial.

            Algo de eso empieza a pasar en España a cuenta de la situación económica. Me explicaré: empiezan ya a lanzarse, por parte del gobierno, mensajes que anuncian la recuperación económica. Algo parecido a lo que intentó Zapatero por boca de Elena Salgado, ambos de infausto recuerdo, cuando anunciaron los, entonces tan cacareados “brotes verdes”, después de haber negado, una y mil veces, la existencia de la crisis. Pretendieron convencernos a todos de que su política económica empezaba a dar resultado, algo que para nuestra desgracia no ocurrió, entre otras razones porque las supuestas medidas “keynesianas” de fomento de la actividad económica mediante inversiones públicas no dieron resultado. Y digo supuestas medidas, porque de acuerdo con muchos analistas el problema de las políticas de Zapatero adolecieron precisamente de lo que precisamente pretendían lograr; fueron medidas populistas antes que medidas “keynesianas”.

         El Plan E, con ingentes inversiones públicas improductivas, la deducción casi generalizada de los 400 euros para fomentar el consumo, el cheque bebé de 2.500 euros entregado de forma indiscriminada tanto a ricos como a pobres, y otras medidas fomentadas por el PSOE, como la creación del FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) para inyectar dinero al sistema financiero y salvar a la banca, solo sirvieron para descapitalizar al estado, y por ende condenar a las empresas y a las familias a una restricción total del crédito. La última jugada del lumbreras de Zapatero fue pactar con el PP la modificación del artículo 135 de la Constitución que nos obliga, desde entonces, a dar prioridad absoluta al pago de la deuda y a la estabilidad presupuestaria a toda costa.


               La llegada del PP al poder, ha traído una nueva política económica, en cierta forma continuista con la anterior, ya que se ha dedicado a aplicar a rajatabla la reforma constitucional. El principio de estabilidad presupuestaria aplicado sin piedad por el gobierno de Rajoy es la terapia neoliberal para salir de la crisis. Es la teoría económica propia de los gobiernos conservadores europeos capitaneados por la canciller Ángela Merkel. Todo lo reducen al largo plazo; tomar medidas contundentes ahora para que a la larga todo se resuelva. Es como si incendiáramos el monte para eliminar una mala hierba. Es cierto que al final, a poco que llueva, aparecerán los brotes verdes, ¿pero a costa de qué? ¿a costa del sufrimiento de cuántos? 

                Lo sangrante de todo esto es que algunos empiezan ya a ver la botella medio llena, cuando realmente está prácticamente vacía. Esperemos que sean pocos los que, cuando llegue el momento, padezcan el síndrome de Estocolmo. Porque sería muy triste que cuando esto empiece a mejorar, después de que hayan arrasado con casi todo, la gente se olvide del paro, de los desahucios, de los recortes en las pensiones, en la sanidad, en la dependencia o en la educación. Sería triste que los que han cargado con el peso de la crisis, mientras unos y otros salvaban a la banca, terminen tomando partido por los que han tenido secuestradas sus esperanzas y sus ilusiones.

                 Manuel Visglerio Romero - Octubre 2013