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lunes, 23 de marzo de 2015

IMPOTENCIA




Después de los últimos resultados de las Elecciones al Parlamento de Andalucía, en las que nuevamente el Partido Andalucista ha quedado sin representación, creo que, como candidato número uno por la provincia de Sevilla, este nuevo fracaso merece una reflexión mía desde la cuota parte de responsabilidad que pueda corresponderme. Y no voy a escurrir el bulto eludiendo esa responsabilidad.

Está claro que no hemos sido capaces de conectar con el electorado y que probablemente hemos errado en el fondo y en la forma de transmitir nuestro mensaje. Pero admitiendo lo anterior, hay algo que no alcanzo a comprender  y que me sigo preguntando a pocas horas de conocer el escrutinio: ¿por qué el pueblo andaluz es tan crítico y exigente con nosotros y tan permisivo y tolerante con los demás? ¿por qué Andalucía perdona la corrupción del partido que lleva más de treinta años gobernándola y perdona la corrupción del otro partido que lleva los mismos años queriendo gobernarla?

¿Por qué el pueblo andaluz se deslumbra y se deja llevar con tanta facilidad por el primero que llega y desconfía de un partido, como el andalucista, formado por hombres y mujeres que llevan décadas trabajando en nuestros pueblos y ciudades, en la inmensa mayoría de los casos, costándoles el tiempo y el dinero?

¿Por qué la prensa y lo medios andaluces no sólo nos ignoran sino que además nos silencian? Porque el silencio de los andalucistas no es fruto de nuestra falta de voz y de propuestas sino de una estrategia premeditada de hacernos invisibles e inaudibles para favorecer electoralmente a otros que con su dinero nos acallan.

Después de preguntarme todo esto y después de reconocer mis propios errores sigo sin encontrar razones para un trato tan desigual y tan injusto. Es verdad que en Andalucía la gente lo está pasando mal y es verdad que son muchos los que, con especial crudeza, están sufriendo los azotes de la crisis; pero no es menos cierto, al menos para mí lo es, que nadie vendrá de fuera a resolver nuestros problemas. Y sólo espero, por el bien de todos, que el pueblo andaluz haya acertado con su voto. Aunque me temo que no será así; por eso hoy quiero recordar unas palabras de Blas Infante, que vienen muy al caso. No son fruto de mi soberbia, son fruto de mi impotencia:

“Y, no se me diga que el pueblo sufre. Ese pueblo, tiene ahora lo que merece. Ese pueblo, es quien elige ahora; pues bien; que sepa elegir. Mientras las circunstancias condicionantes de la actual política estén vigentes, yo, no obstante que trabajo por reformar esa política, tengo derecho a decir: Nada debo a ese pueblo. Ningún liberalista tampoco. Nada nos dio él, nosotros, todo se lo dimos: algunas veces hasta la ofrenda de vivir. Allá ese pueblo con sus representantes. ¿Que roban al pueblo sus elegidos?, que le roben. ¿Que lo depredan?, pues que no se dejen depredar”. 
Manuel Visglerio Romero - 23 de marzo de 2015

miércoles, 26 de noviembre de 2014

LA TIERRA PERTENECE A LOS VIVOS

¿En quién reside la soberanía?, ¿quién puede decidir en nombre de todos y desde cuándo? Yo, que no soy entendido en derecho constitucional, tengo clara la respuesta; basta leer el artículo 1.2 de la Constitución Española para saber que "la soberanía nacional reside en el pueblo 'español' del que emanan los poderes del Estado". Parece algo evidente; lo que siempre me ha llamado la atención es que los constituyentes incluyeran el calificativo 'español' al referirse al pueblo soberano; algo que no ocurre, por ejemplo, ni en la constitución francesa, en la portuguesa o en la italiana; en todos estos casos la soberanía simplemente reside en el pueblo, a secas.

¿A qué otro pueblo cabría otorgar la soberanía española en la Constitución Española? Parece claro que al constituyente de 1978 alguien lo indujo a dejar muy claro el asunto de la soberanía nacional. Pero, en cualquier caso, suena a "excusatio non petita, accusatio manifesta", a "como sé que hay más de un pueblo en esta carpetovetónica, para algunos, piel de toro, dejemos claro a quienes nos corresponde ejercer esa soberanía. Algo que no hubo que aclarar en el proyecto de constitución de la 1ª República Española ('la soberanía reside en todos los ciudadanos'), ni tampoco en la Constitución de la 2ª República Española (los poderes emanan del pueblo).

Quedó puntualizado en 1978 para que, llegado el caso, que ya ha llegado con el tema catalán, sólo cupiera una interpretación posible. La de aquellos nostálgicos de viejas glorias olvidadas que siempre han tenido una visión sesgada de la historia de España. Son los mismos que no aceptaron la España federal de 1874, ni la autonómica de 1936 y que siguen, hoy día, cuestionando la evolución del actual estado autonómico. Y todo, bajo argumentaciones puramente historicistas.

Llegados a este punto cabe preguntar de nuevo ¿en quién reside la soberanía? e, inevitablemente, hacer preguntas que por simples pueden resultar demagógicas: ¿alguien preguntó al pueblo castellano y al pueblo aragonés si estaban de acuerdo con la boda de la reina Isabel I de Castilla con el rey Fernando II de Aragón para constituir un nuevo reino? ¿alguien preguntó a los nazaríes si aceptaban a los reyes católicos tras la guerra de Granada? ¿Qué soberanía es más legítima, la emanada de las urnas o la originada por una conquista militar o por el fruto de un braguetazo? ¿Tenemos derecho los andaluces a la autonomía aunque no la tuvimos antes de la guerra civil como los catalanes, los gallegos y los vascos? ¿Tenemos derecho los andaluces a decidir sobre nuestro futuro o estamos condenados por la historia a seguir viviendo en el vagón de cola de los pueblos de España?

Y como no podía ser de otra manera habrá que hacerse, inevitablemente, la pregunta de moda: ¿Tienen los catalanes derecho a decidir si quieren seguir formando parte de España? Yo, sin ambages, pienso que sí; aunque también defiendo que si resuelven marcharse tendremos que hacerles, entre todos, las cuentas y el finiquito. Cabe también negarles el  pan y la sal como hacen muchos. No obstante, yo creo que ha llegado el momento de abandonar posturas maximalistas y empezar a negociar nuevas formas políticas de convivencia, porque creo que el inmovilismo político, en éste y en otros casos, no ayuda a encontrar soluciones. La historia ya ha demostrado adónde nos lleva el tancredismo político.

Los tiempos cambian y las personas también; ya lo dijo Ortega 'yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo'.  Tenemos que amoldar nuestras leyes al momento que nos ha tocado vivir. Tenemos y debemos conocer nuestra historia, pero no podemos vivir anclados en ella: "la tierra pertenece a los vivos". Esta sentencia de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, viene muy al caso; igual que la carta que envió a su sucesor en el cargo James Madison el 6 de septiembre de 1789: "los vivos tienen la tierra en usufructo; y los muertos no tienen poder ni derechos sobre ella. La porción que ocupa un individuo deja de ser suya cuando él mismo ya no es, y revierte a la sociedad... ninguna sociedad puede hacer una constitución perpetua, ni tan siquiera una ley perpetua. La tierra pertenece siempre a la generación viviente: pueden, por tanto, administrarla, y administrar sus frutos, como les plazca, durante su usufructo. Toda constitución y toda ley caducan naturalmente pasados treinta y cuatro años".

El tema de las fechas parece premonitorio, nuestra constitución cumplirá pronto treinta y seis años. Ha llegado el momento de mover las fichas porque ya vamos con dos años de retraso.

Manuel Visglerio Romero - 17 de noviembre de 2014

jueves, 23 de enero de 2014

EN DEFENSA DE LA POLITICA

             El desprecio de la política es algo que, en estos tiempos que corren, está muy en boga. Es frecuente oír comentarios en la calle sobre la política y los políticos; sentencias sobre la catadura moral de todos ellos, a los que algunos, sin cortapisas, estarían dispuestos a mandarlos a picar piedras a una cantera. Incluso en las redes sociales es frecuente observar comentarios y viñetas mofándose de la clase política. En muchos casos, desgraciadamente, con argumentos de peso, y en otros muchos casos con testimonios demagógicos dados por ciertos sin ningún tipo de constatación. Con razón, o sin ella, criticar a la política está de moda en las redes y está de moda en la calle.

          El desprestigio es tan clamoroso y tan unánime que hasta las encuestas del CIS se hacen eco de este sentimiento de desapego a todos los gestores de lo público, salvo a los agentes de la autoridad que curiosamente son de los más apreciados. Supongo que el desarrollo de estas simpatías tiene una relación directa con el desarrollo de la economía y fluctúa según los ciclos económicos.

              Cuando la economía va bien y está en su ciclo alto, los políticos pasan desapercibidos y casi da igual lo que hagan; a la policía, entonces, se la menosprecia porque coarta la libertad que nos ofrece una cartera desahogada. Pero cuando el ciclo es bajo o incluso muy bajo como en la crisis actual, los políticos son el foco de todas las iras porque le quitan a la gente lo poco que tienen. Los guardias, por el contrario, son el foco de todos los halagos porque son los que aseguran lo poco que les queda.

     Pero si a la situación económica sumamos los continuos casos de corrupción, necesitaremos que pasen muchos años para recuperar la confianza en la política. Sobre todo porque no se trata de casos de corrupción aislados y a pequeña escala, han alcanzando incluso a las más altas esferas del sistema del estado y de los partidos. Y en este caso, de acuerdo con Cicerón (‘corruptio optimi pessima est’), ‘la corrupción de los mejores es la peor de todas’, será especialmente difícil recuperar la confianza perdida.

         Nos queda, a los que creemos en la política, convencer a todo el que nos oiga que la política es parte de nuestras vidas; que somos por naturaleza, como decía Aristóteles, animales políticos; que nuestra salud depende de una decisión política; que la educación de nuestros hijos y el bienestar de nuestros mayores dependen de un acuerdo político; que la calidad del aire que respiramos, del agua que bebemos y del paisaje que admiramos dependen, cada vez más, de una decisión política. 

          Por eso tenemos que llevar a la práctica entre todos lo que Antonio Machado, a través de Juan de Mairena, le decía a los alumnos: ‘vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros y, naturalmente, contra vosotros’. Y tenemos entre todos que desterrar con nuestro voto a los malos políticos y elegir a los mejores, porque a pesar de todo, como dijo Winston Churchill, ‘la democracia es el menos malo de los sistemas políticos’.

            Manuel Visglerio Romero - Agosto 2013.

  

EL SINDROME DE ESTOCOLMO

                El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica que sufren personas que han padecido un secuestro. Consiste en desarrollar hacia los captores un vínculo afectivo. La victima agradece como un acto humanitario de los secuestradores el hecho de no sufrir violencia física, pasando por alto la violencia psicológica hasta el extremo de terminar tomando parte por ellos en lugar de valorar el trabajo policial.

            Algo de eso empieza a pasar en España a cuenta de la situación económica. Me explicaré: empiezan ya a lanzarse, por parte del gobierno, mensajes que anuncian la recuperación económica. Algo parecido a lo que intentó Zapatero por boca de Elena Salgado, ambos de infausto recuerdo, cuando anunciaron los, entonces tan cacareados “brotes verdes”, después de haber negado, una y mil veces, la existencia de la crisis. Pretendieron convencernos a todos de que su política económica empezaba a dar resultado, algo que para nuestra desgracia no ocurrió, entre otras razones porque las supuestas medidas “keynesianas” de fomento de la actividad económica mediante inversiones públicas no dieron resultado. Y digo supuestas medidas, porque de acuerdo con muchos analistas el problema de las políticas de Zapatero adolecieron precisamente de lo que precisamente pretendían lograr; fueron medidas populistas antes que medidas “keynesianas”.

         El Plan E, con ingentes inversiones públicas improductivas, la deducción casi generalizada de los 400 euros para fomentar el consumo, el cheque bebé de 2.500 euros entregado de forma indiscriminada tanto a ricos como a pobres, y otras medidas fomentadas por el PSOE, como la creación del FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria) para inyectar dinero al sistema financiero y salvar a la banca, solo sirvieron para descapitalizar al estado, y por ende condenar a las empresas y a las familias a una restricción total del crédito. La última jugada del lumbreras de Zapatero fue pactar con el PP la modificación del artículo 135 de la Constitución que nos obliga, desde entonces, a dar prioridad absoluta al pago de la deuda y a la estabilidad presupuestaria a toda costa.


               La llegada del PP al poder, ha traído una nueva política económica, en cierta forma continuista con la anterior, ya que se ha dedicado a aplicar a rajatabla la reforma constitucional. El principio de estabilidad presupuestaria aplicado sin piedad por el gobierno de Rajoy es la terapia neoliberal para salir de la crisis. Es la teoría económica propia de los gobiernos conservadores europeos capitaneados por la canciller Ángela Merkel. Todo lo reducen al largo plazo; tomar medidas contundentes ahora para que a la larga todo se resuelva. Es como si incendiáramos el monte para eliminar una mala hierba. Es cierto que al final, a poco que llueva, aparecerán los brotes verdes, ¿pero a costa de qué? ¿a costa del sufrimiento de cuántos? 

                Lo sangrante de todo esto es que algunos empiezan ya a ver la botella medio llena, cuando realmente está prácticamente vacía. Esperemos que sean pocos los que, cuando llegue el momento, padezcan el síndrome de Estocolmo. Porque sería muy triste que cuando esto empiece a mejorar, después de que hayan arrasado con casi todo, la gente se olvide del paro, de los desahucios, de los recortes en las pensiones, en la sanidad, en la dependencia o en la educación. Sería triste que los que han cargado con el peso de la crisis, mientras unos y otros salvaban a la banca, terminen tomando partido por los que han tenido secuestradas sus esperanzas y sus ilusiones.

                 Manuel Visglerio Romero - Octubre 2013    

martes, 1 de octubre de 2013

OTOÑO

Marismas se despierta. Ayer el cielo estaba despejado pero hoy el día ha amanecido cerrado. No hay nubes, pero todo el firmamento hasta donde alcanza la vista, aparece como pintado de gris. Un gris de plomo, oscuro, casi negro. Antes de una hora va a empezar a llover. Se presiente por la humedad y por el viento del sur. Huele a tierra mojada. Hace frio. En la calle no hay un alma. ¡Hay que estar un poco loco para salir con este tiempo! Se oyen algunos ladridos de perros a lo lejos. Seguramente están barruntando la tormenta. Los árboles de la plaza se agitan con el aire y las ramas suenan como si murmuraran con un silbido acompasado. Las hojas en el suelo crepitan como el fuego de una hoguera cuando se arrastran por el empedrado y se arremolinan con las ráfagas de viento. La poca claridad que se refleja sobre las paredes blancas de las casas es suave y mortecina. Sobre el color cobrizo y pardo de las tejas, se destacan las volutas de humo que nacen de los tiros de las chimeneas. Por entre las casas algún recuadro de luz se escapa por los postigos entreabiertos de alguna ventana. Marismas está triste. Hace mucho frio. Es otoño.
Manuel Visglerio Romero - Noviembre 2011

jueves, 13 de junio de 2013

CULPA PROPIA, CULPA AJENA


Soy concejal andalucista de mi pueblo y no me avergüenzo de serlo. Yo no tengo la culpa de lo que te pasa, ni de lo que me pasa, porque a mí también me ocurre. Yo no soy inmune a la crisis. Llevo muchos años ejerciendo mi cargo y no cobro un euro por hacerlo. Tú me dirás que nadie me obliga a ser concejal, y yo te diré que es cierto que nadie me obliga, lo hago porque me gusta la política y por algo más, por lo que no tengo que pedir perdón, lo hago porque quiero cambiar las cosas. Tú dirás que todos dicen lo mismo, y yo te diré que es verdad que todos dicen lo mismo, y que por lo tanto algunos mienten. En mi caso, y en el de muchos otros, a ti te corresponde saber si mentimos o no. Has tenido tiempo de comprobarlo pero no has querido hacerlo.

            La primera vez que un político te defraudó pudiste votar a otro pero no lo hiciste. Cuando viste a un político enchufar a un familiar pudiste votar a otro y decidiste no hacerlo. Cuando incumplió sus promesas también estuvo en tu mano dejar de votarlo. Pudiste dejar de confiar en él cuando te enteraste de que pedía el carné de su partido para darte un trabajo. La primera vez que acusaron a un político por corrupción pudiste dejar de votar a su partido, pero tampoco lo hiciste.

            En todos esos momentos pudiste cambiar las cosas pero no las cambiaste porque pensabas que todos los políticos eran iguales. Y ahora después de todo lo que ha llovido, y de todo lo que estamos pasando, resulta que la culpa es mía. Me culpas a mí, que nunca he gobernado, porque tú has decidido que todos los políticos somos iguales, a pesar de que has seguido votando a los que al final nos han llevado a la ruina. Ahora resulta que yo soy culpable de tu culpa.

¿Pues sabes de lo que me siento culpable? Soy culpable de dedicarle a mi pueblo horas y horas a cambio de nada. Soy culpable de robarme los pocos ratos libres que tengo para dedicártelos a ti sin que tú lo sepas. Soy culpable de robarle tiempo a mi familia para seguir luchando por nuestra tierra sin que nunca me hayas dado tu confianza. De eso y de mis errores y de los errores de mi partido, que seguro que son muchos, me declaro culpable pero no de los tuyos.

Seguramente casi nada de lo que he dicho te hará cambiar de opinión. Quizás seguirás pensando que todos somos iguales, y probablemente cuando ya nos hayas condenado, tengamos o no tengamos la culpa de casi nada, sólo me quedará preguntarte:¿a quién vas a llamar para que luche por ti a cambio de tan poco? 

Manuel Visglerio Romero – Junio 2013.

miércoles, 29 de mayo de 2013

DEBER DE CIUDADANIA


            Una de las frases de Maquiavelo más comentada en la historia de las ideas políticas es la celebrada por algunos: ‘el fin justifica los medios’. Hoy en día este principio maquiavélico sigue teniendo vigencia; en la balanza de la moral política la virtud y la honradez siguen teniendo poco peso y a los reiterados casos de corrupción hemos de remitirnos. Pero hay otra sentencia de Nicolás Maquiavelo que es más vigente si cabe: ‘ pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos’. En la crisis actual, la partitocracia bipartidista defiende sus cuotas de poder mediante el juego de las apariencias. Todo es una gran pantomima para mantener el poder a toda costa. En Andalucía, por no salir de nuestra tierra, el bipartito PSOE-IU, camufla sus continuos recortes culpando a su vez a los continuos recortes del PP. Yo recorto tanto como tú pero aparento no hacerlo.
            La deuda de Andalucía producida por los sucesivos gobiernos del PSOE alcanza los 20.500 millones de euros, un 14,5% del PIB andaluz; para enjugar esa deuda llevamos años sufriendo continuos recortes, que a su vez se camuflan bajo el manto de los continuos recortes que realiza el gobierno del PP, que a su vez se mimetizan en la selva de recortes que exige una Unión Europea cada vez más mediatizada por Alemania. Unos y otros intentan, y desgraciadamente lo consiguen, aparentar que no hacen lo que realmente están haciendo.
            PSOE y PP pactaron la reforma del artículo 135 de la Constitución que obliga al Estado y a las Comunidades Autónomas a no incurrir en un déficit estructural que supere los márgenes establecidos por la Unión Europea y pactaron, a su vez, que el pago de la deuda ‘gozará de prioridad absoluta’. Los dos partidos son culpables de una decisión que beneficia a la banca, recorta las inversiones y nos aboca a unos niveles de paro cada vez más alarmantes, y sin embargo ninguno quiere asumir las consecuencias de dicho acuerdo, aunque los dos intentan, y parece que lo logran, aparentar que es el contrario el que maneja en exclusiva la podadora de las prestaciones sociales.
            Decía el autor de ‘El príncipe’ que ‘el fin de la política es el poder’. El bipartito se obstina en darle la razón; al final todo se reduce a una lucha por mantener el poder o por conquistarlo; el aspirante, para conseguir su meta, niega haber hecho nada de lo que hizo y el ejerciente, que hace todo lo contrario de lo que prometió, culpa a la herencia recibida de todos los males.
            El problema de la partitocracia actual reside en el hecho de que los ciudadanos hemos dejado de ejercer nuestras responsabilidades sociales; hemos abandonado el espíritu de la transición y sin darnos cuenta nos hemos entregado con armas y bagaje a los aparatos de poder. Nuestro abandono de la política ha creado una casta que ha hecho de la política, como decía Blas Infante, ‘una profesión exclusiva y excluyente’; en nuestras manos está dejar de ver lo que aparentan y desvelar lo que realmente son, pero para ello tenemos que recuperar y ejercer de forma responsable nuestro deber de ciudadanía.
           Manuel Visglerio Romero - Mayo 3013