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jueves, 24 de mayo de 2012

CURRO EL "PATO"



Como todos los años, cuando apenas llevaban dos meses de clase, Curro y Juan, los hijos mayores del “Pato”, tuvieron que dejar la escuela de Marismas para ir con su padre al verdeo. Ellos no eran los únicos, casi la mitad de sus compañeros se veían obligados a hacerlo cada otoño, aunque muchos volvían a las aulas cuando acababa la recolección de la aceituna.
Currito era el mayor de seis hermanos y acababa de cumplir catorce años. Eran tres varones y tres hembras. La madre era tan prolífica y el padre tan fogoso que entre los hermanos y las hermanas apenas se llevaban la cuarentena. Once partos tuvo la pobre mujer, aunque cinco de sus hijos no llegaron a cumplir el año. A esta desgracia se debía la diferencia de edad entre Currito y sus hermanos. Currito le llevaba a Juan, el segundo de la prole, cuatro años de edad; a María ocho, a Fernando nueve, Rafael tenía tres años, y Anita y Josefina, que eran mellizas, apenas tenían dieciocho meses.
Aunque José Sánchez “el Pato”, era un hombre trabajador, los dineros que ganaba un jornalero, no daban para llenar las bocas de sus hijos, su mujer, y su madre que vivía con ellos; porque “el Pato”, trabajar, trabajar, lo que se dice trabajar, trabajaba poco. Entre los escasos jornales que daba la tierra de Marismas, y las muchas manos que había para llevárselos, los trabajadores del campo trabajaban poco y vivían peor; salvo algunos pequeños manchoneros de la campiña que hacían de propietarios en sus pequeños terrenos y de asalariados en los ajenos, y que con un poco de un lado y otro poco del otro, llevaban una vida medianamente digna.
La vendimia, la poda, el verdeo, la tala, la siega, la trilla y poco más, cubrían cuatro meses de jornales en el año, si el año venía bueno; porque si el año era de lluvias o de heladas y los manchoneros se quedaban sin cosecha, entonces los capataces de las fincas grandes subastaban los jornales en los “Cuatro Vientos”. Los “Cuatro Vientos” era un cruce situado en la entrada del pueblo, en la confluencia del camino de Sevilla con una de las veredas que llevaban a la marisma. En los “Cuatro Vientos”, los años malos, primero tenían trabajo los más largos, que eran los que se aseguraban el jornal, el resto se vendía casi como esclavos, por la comida y cuatro miserables perras.
Los años de bonanza el personal no daba a basto. Como los manchoneros trabajaban en lo suyo, la mano de obra del pueblo no era suficiente para cubrir las peonadas. Venían entonces cuadrillas de otros lugares que paraban en los cortijos cuando estaban alejados del pueblo, o debajo de chamizos que fabricaban en los propios tajos para no dormir a la intemperie.
Aquel año vino bueno, y como faltaban manos en el campo, “el Pato” se llevó por delante a sus hijos mayores, que aunque no podían subirse y bajarse a una escalera con un macaco colgado, si podían varear, rastrear el suelo o manejar una espuerta llena de aceitunas hasta llevarla a los carros. No ganaban entre los dos un jornal completo, pero ayudaban a llenar la faltriquera para pasar el invierno.
El “Pato” vivía con su familia en una choza que construyó su padre en el Cerro de la Horca. La toponimia del lugar la investigó en su día Don Rufino, el maestro, y aseguraba a todo aquel que lo quería oír que aunque por aquellas fechas en el cerro no había ningún patíbulo, según las actas capitulares de Marismas hacía más de un siglo, se consignaron unos dineros para mantener allí un cadalso. Como el lugar tenía poco interés agrícola y además cuando llegaban las inundaciones el Cerro  pasaba muchos días convertido en una isla, no es extrañar que terminaran viviendo en él las familias más pobres y miserables de toda la población.
La choza del “Pato” era de las pocas entre las diez que había en el Cerro que tenía paredes de tapial y techumbre de pasto; el resto de las chozas eran todas completamente de paja y de forraje. En invierno, cuando llovía se mojaban como una canasta, y cuando apretaba el sol en el verano aguantaban la flama como buenamente podían. La choza del “Pato” era de las más grandes, medía casi diez varas de largo por casi cinco de ancho. En el hastial que daba hacia el norte, que era entero de mampostería, se situaba un tiro de chimenea y a sus pies unas trébedes con una olla renegrida que hacía las veces de cocina cuando había algo que comer, y que por el invierno hacia funciones de estufa. En el centro de la nave, clavados en el suelo de tierra apisonada, emergían dos pilares de eucalipto, que eran los que sustentaban, junto con una viga horizontal todo el peso de la techumbre: un entramado de ramas y de rollizos de distintas maderas que servían de soporte a la cubierta de paja. Como las paredes de la choza eran tan endebles  tenían sólo dos ventanucos abiertos, tan ridículos, que apenas conseguían dar entrada en el verano al viento de la tarde, que allí llamaban la marea por venir del mar. Una sábana hacia de tabique divisorio entre el camastro del “Pato” y su parienta y los colchones de hojas de maíz tumbados en esteras donde dormían sus hijos y la abuela. Un baúl para la poca ropa que tenían, unas sillas de enea medio desvencijadas, y una tabla y dos borriquetas para poner la mesa, era el humilde ajuar de la cabaña del “Pato”.
La familia de José Sánchez, como otras del lugar, pese a su miseria, era una de las familias de más solera de Marismas. Sus antepasados, según había oído hablar el “Pato” a su padre y a su abuelo, fueron de los primeros pioneros que colonizaron aquellas tierras. Y como contaba José a sus hijos, con pesar y con nostalgia, en un tiempo tuvieron tierras y una casa. La casa de los Sánchez estaba en una de las mejores calles del pueblo, y cada vez que el “Pato” pasaba delante de ella, su visión le  hería el orgullo y le hacía maldecir al destino por haber condenado a su estirpe a cambiar la calle del Buen Aire por el Cerro de la Horca.
Por una mala cosecha, su padre Francisco Sánchez, alias “Curro el Pato”, perdió las tierras y tuvo que malvenderlas para pagar las simientes que compraba fiadas a Juan “Gramo”, el dueño de la única tienda de comestibles del pueblo. El “Gramo” que trataba casi todo el cereal que se criaba en Marismas, lo vendía a cuenta de las cosechas. Era largo para vender, pero haciendo honor a su apodo, más corto era para cobrar, y cuando se trataba de cobrar no tenía compasión; o cobraba o cerraba al moroso la abacería.
Con los dineros que le sobraron de la venta del manchón, Curro el “Pato” aguantó unos años. Empezó a emplearse como jornalero, pero como el jornal no daba para mantener la casa, terminó por comerse los réditos del manchón, y por pedir prestado con la garantía de su casa. Justo antes de nacer su único hijo José, Curro el “Pato”, vendió la casa de la calle del Buen Aire para hacer frente a las trampas.  Pago las deudas, compró un cacho de tierra en el Cerro de la Horca, y con la ayuda de su cuñado levantó una choza. La vida le había jugado una mala pasada, pero lo peor de todo para él no fue tener que vender la casa que heredó de su padre, lo verdaderamente humillante para su orgullo fue tener que ver a su mujer Anita, adentrarse con el hijo en los brazos en las tinieblas de la pobreza.
Desde aquel día su vida cambió por completo, siguió trabajando cuando hubo trabajo, pero en los largos días y meses de paro, acabó refugiándose en la taberna de Paco el “Ligero”. Entre copa y copa quiso ahogar las penas, sin darse cuenta que mientras sus penas nadaban en el mosto, su vida se arruinaba para siempre. Lo que empezó siendo una visita a la taberna para acompañar a un amigo en los días sin faena, concluyó siendo la rutina de todos sus días. Lo poco que ganaba cuando estaba fresco se lo gastaba en vino, y los pocos platos que acabó comiendo, fueron de la pobre olla de su cuñado, que se los daba a su hermana y a su sobrino para que no se muriesen de hambre, o de la caridad ajena que su mujer recibía de la parroquia.
Cuando José empezó a tener edad de darse cuenta de lo que era el hambre, y a enterarse de lo poco o nada que su progenitor hacía por remediarlo, más de una vez clamó a su madre para que dejara de dar dinero al padre de lo poquito que ganaba fregando suelos o zurciendo ropas.
Anita quería a Curro más de lo que su hijo pudiera jamás llegar a intuir. Se enamoró de él apenas cumplió los dieciséis años, el día que regresó al pueblo después de servir al rey como recluta. Antes nunca lo echo a ver, aunque lo veía de vez en cuando, cuando venía con permisos desde la capital donde servía en el cuartel de intendencia, porque la poca edad todavía no le había abierto los ojos para ese tipo de miradas.
Ella siempre intentaba buscar una justificación para darle a su hijo. Que si no había trabajo, que si la mala suerte, que si las malas compañías. Y aunque sabía que su Paco no tenía solución, le cegaba el cariño y se engañaba a sí misma esperando un milagro que por más que imploraba nunca aparecía.
Con apenas cuarenta años Francisco Sánchez “el Pato”, abandonó este mundo, dejó libre un banco en la taberna de Paco “el Ligero”,  un hueco en una choza del Cerro de la Horca y un vacio en el alma de Anita, su mujer, que difícilmente llenarían ni el tiempo, ni el amor de un hijo de apenas dieciséis años. Manuel Visglerio Romero - Mayo 2012 


jueves, 3 de mayo de 2012

AMOR CELESTIAL


            Una de las personas más extrañas que jamás he conocido es mi compañera Celeste Valdemar. Pensarás que el nombre me lo acabo de inventar porque crees que nadie tiene ese nombre y menos acompañado de ese apellido. Pero te aseguro que el nombre es real y el apellido también. Yo no conocí al padre de Celeste, pero por la historia que me contó su hija, parece que le puso el nombre en recuerdo de la primera vez que vio a su madre mientras pintaba una marina en la orilla de la playa. En aquel preciso instante mientras su madre pasaba delante del caballete él usaba el color celeste. Con este antecedente no es extraño que la hija haya heredado de su padre las rarezas.   

            Te he dicho que Celeste es mi compañera, aunque tendría que haberte dicho que fue mi compañera, porque hace ya más de diez años que se fue y dejó el trabajo. Lo que pasó antes de su marcha fue antológico, ya te contaré. Incluso lo de compañera es un decir, porque en el trabajo pasaba por etapas en las que no conocía a nadie y le molestaba incluso que le dieras los buenos días, y por otras en las que sería capaz de hipotecar su casa para ayudarte a pagar las letras de tu coche. Yo no sé cómo llaman los psicólogos a ese comportamiento, creo que es un trastorno bipolar o algo parecido. Aunque conociéndola, supongo que no es algo patológico, simplemente Celeste es así. Son sus manías; como vestir siempre de celeste. Celeste es normal a su manera.

En una época le dio por las piedras y las energías cósmicas y de cuando en cuando le daban ataques de claustrofobia y se iba del trabajo sin decir nada a nadie o se llevaba días sin venir porque una conjunción planetaria le impedía salir a la calle. Recuerdo que una de las veces que regresó al trabajo se sentó en su escritorio y con cara de circunstancias me dijo con voz grave: la vida sería maravillosa si no fuese por las personas.

En otra época, recuerdo que se obsesionó por los números y la astrología y se pasó meses de fiebre pitagórica, asignándole números a todos en la oficina. Cada número llevaba aparejado unos rasgos personales y unas cualidades positivas y negativas. Había números afines entre sí y otros, según ella, absolutamente incompatibles. A mí me asignó el número dos, que por lo visto es de lo mejorcito, aunque yo no me enteré muy bien de la numerología celestial. Sí recuerdo que ella era el número siete y necesitaba para su plenitud encontrar el número cinco.

La última extravagancia que presencié de Celeste sucedió precisamente cuando encontró a su número cinco. Fue una mañana de primavera poco antes de que desapareciera definitivamente del trabajo y, desde entonces, de mi vida. Celeste y yo trabajábamos en un edificio de oficinas. Un coloso de más de treinta plantas cerrado por enormes cristaleras de vidrios ahumados. La cafetería estaba en la planta baja. Era una enorme sala repleta de sillas y mesas entre la cristalera del edificio y una barra larguísima llena de camareros por dentro y de taburetes giratorios por fuera. Cada mañana en el intervalo de una hora, los camareros, a un ritmo frenético, servían más de mil servicios de casi mil maneras diferentes.

            Celeste era de las últimas del departamento en bajar a la cafetería porque le gustaba desayunar sola. Cuando llegaba quedaban muchas mesas vacías y casi siempre se sentaba en una mesa para tres adosada a la cristalera. Le gustaba el sitio porque al tiempo que comía podía ver los jardines del exterior; los árboles, el césped y sobre todo los pajaritos. Era el único momento, según decía, en el que podía ver algo más que un techo bajo, una mampara ciega y la pantalla de un ordenador;  y cada vez que tenía la suerte de ver volar a algún pájaro entre los árboles, se convencía a sí misma de que tenía que salir de allí antes de que el coloso de cristal le consumiera el alma.

            Aquella mañana yo la acompañé a desayunar y cuando se dirigió a su mesa preferida con la bandeja entre las manos se percató de que en el asiento vacío había una carpeta azul con cierres de goma, que con toda seguridad, alguien había dejado olvidada. La cogió en la mano y la alzó por si alguien la reclamaba. Como nadie pareció interesarse por ella, la dejó junto a un asiento que quedó vacío entre las dos. Pensamos que seguramente antes de que termináramos el desayuno el dueño vendría a recogerla. Pero no fue así. Le dije entonces que lo mejor sería dejarla en la barra por si alguien venía preguntando por ella, pero Celeste se empeñó en abrirla por si podíamos encontrar algo relacionado con su propietario. Recuerdo que le sentencié que fisgonear en los papeles de los demás sin permiso era una falta de educación. Pero Celeste me respondió que si la carpeta había llegado a sus manos no podía contradecir al destino y que, además, si abría la carpeta y se saltaba la norma a lo mejor le resolvía un problema a su dueño. Discutimos, pero al final abrió la carpeta y al abrirla se desencadenaron los minutos más frenéticos que he vivido nunca.

En el interior de la carpeta no había ningún documento personal, ningún escrito con membretes o firmas que a simple vista indicara algo sobre el propietario; sólo había un folio escrito con un escueto mensaje: “Mi vida ya no tiene sentido. El cosmos se ha conjurado contra los débiles. Si no vienes tendré que partir”. Cuando las dos leímos el mensaje, Celeste dijo: “Es él, tengo que encontrarlo antes de que se suicide”. A partir de aquel momento de nada sirvieron mis razonamientos sobre que nadie deja una carta de despedida en la cafetería de un edificio de oficinas en el que trabajan más de mil personas; sobre que seguramente sería una broma de mal gusto; o que no tenía sentido no poner un destinatario en la carta de un suicida.

De nada sirvió que le dijera que entregara la carta a los de seguridad o que llamara a la policía. Ella, y yo detrás de ella, empezamos un maratón desde los cuartos de caldera del sótano hasta las azoteas, entrando planta por planta en todas las dependencias, los cuartos de instalaciones, los aseos... Y por más que le decía que era imposible encontrar a una persona en un edificio tan grande buscando sólo en los lugares comunes, ella seguía su búsqueda. Y cuando le planteaba la posibilidad de que podía estar en cualquier despacho, ella siempre contestaba: “Me está esperando”.

            Después de más de una hora de abrir puertas y de subir escaleras, lo encontramos en un almacén junto al cuarto de máquinas del ascensor, sentado sobre una mesa en la posición de loto, vestido con una túnica de color azafrán, con una cuerda atada al cuello y a una tubería contraincendios. Cuando entramos en la habitación, abrió los ojos, deshizo el nudo de su garganta y le dijo a Celeste mirándola a los ojos, como si sólo ellos dos estuvieran en el mundo: “Gracias amor, sabía que vendrías”. Después de aquel encuentro no he vuelto a ver a Celeste Valdemar. 
Manuel Visglerio Romero - Abril 2012   

viernes, 13 de abril de 2012

LAS PREOCUPACIONES DE UN FANTASMA



Los que vivimos en el limbo, llevamos una vida un poco monótona. Y no me refiero a estar en la inopia. Me refiero al lugar en el que permanecen las almas después de la muerte, sin ningún motivo y por un tiempo indefinido. Este es mi caso. Yo dejé de existir para la vida mortal en una fecha y por una causa que no vienen a cuento. Desde entonces estoy aquí y no sé exactamente cuánto tiempo hace de mi llegada. El motivo también lo desconozco. Supongo que esta incertidumbre forma parte de mi condena, aunque esto es lo más llevadero. Lo que peor llevo como alma en pena, es la soledad, y sobre todo las pruebas. Si tú hace poco que has llegado aquí y estás leyendo esto, pronto te darás cuenta del suplicio de las pruebas. Comprobarás cómo de vez en cuando aparece una luz muy agradable que te hace entrar en un estado placentero y cuando empiezas a sentir algo que comienzas a creer que es de un rango casi celestial, la luz desaparece y te quedas con un palmo de las narices que no tienes, porque como ya dije antes, ya no tienes un cuerpo mortal. Supongo que alguien pretende comprobar con esta prueba cómo reacciona el alma pecadora a las variaciones de la luz divina.

De todas las pruebas, las más mortificantes, entre comillas, son las encarnaciones temporales. No alcanzo a comprender su sentido. No sé si con ellas me están poniendo a prueba para saltar a otra dimensión, ni sé que esperan de mí cuando me materializan. No sé si quieren que asuste a algún crédulo o que le abra los ojos a algún incrédulo; entre otras razones porque no sé si me ven, o siquiera si me oyen cuando les hablo. Lo cierto es que a veces me  desconcierta aparecer de pronto, por ejemplo, en medio de una manifestación en protesta por la subida del precio de los piensos para la cabaña porcina, y no saber que se espera de mí. Cuando además he llegado a la conclusión de que en estos lugares paso completamente desapercibido, al igual que en las concentraciones, los partidos de fútbol, los conciertos y en general en cualquier espectáculo de masas; sobre todo si son con luz diurna, en cuyo caso parece que el ectoplasma se transparenta.

Sólo he tenido una experiencia terrenal o así me lo pareció, y de acuerdo con lo que he dicho antes, sucedió en un lugar propicio. Un sitio poco iluminado, silencioso y poco concurrido. Ocurrió mientras paseaba materializado por los pasillos de un museo, flanqueado a ambos lados por una hilera de enormes retratos. Observé al final de la galería, en un ensanche, cómo un hombre de mediana edad se sentaba en uno de esos bancos modernos redondos, más propios de un aeropuerto que de un museo, salvo el museo de la formica, claro está. Me acerqué con determinación y me situé justo delante de él. Me di cuenta de que me veía porque dejó de mirar al frente y dirigió la mirada hacia mis zapatos, y a continuación la fue alzando hasta llegar a mi cara. Cuando nuestros rostros quedaron observándose frente a frente, le pregunté:

-   ¿Cree usted en los fantasmas?
Mostró una leve sonrisa, y respondió:

-   ¡Cómo no voy a creer!
Antes de que pudiera preguntar nada más me hicieron desaparecer de su vista. Y desde entonces, ya no sé si los mortales pueden ver y hablar con fantasmas, porque no sé si aquel personaje del museo era o no era realmente un fantasma. Sólo resta que tú continúes la investigación, porque si has podido leer esta carta ectoplasmática, será una señal indudable de que tú ya te encuentras en el limbo.

 Manuel Visglerio Romero - Octubre 2010

lunes, 9 de abril de 2012

PRIMAVERA


Ayer llovió apenas una lágrima y la lluvia ha maquillado de lunares blancos los cristales de las balconeras. Hizo frío temprano y los geranios y las gitanillas de la baranda tienen las hojas mojadas de rocío. El sol, muy de mañana, duele en los ojos cuando se refleja y te mira desde los charcos o cuando se arrebata y reverbera sobre las paredes blancas de las casas. Al derramarse sobre los arriates les pone la cara amarilla a los jacintos, el rostro malva a los nardos y pinta de rojo bermellón los claveles que cuelgan de las macetas. Las calles cobran vida. Ya no están solitarias las mañanas. Con el alba los hombres salieron al campo a llevar la sementera que dará la granazón en el verano. Ya no van encorvados por el peso del frio y del abrigo porque llevan la vida y el sostén de su gente entre las manos. Van a sembrar de esperanza los surcos de la tierra. Por los portales abiertos de las casas se oyen risas y cantos y se escapan por el aire los olores de los guisos. Las jovencitas ya no salen de las casas ocultándoles al frío los semblantes, sus miradas son claras como el firmamento limpio y azul de la marisma. Y si temprano, con la fresca, cubren sus cuerpos al relente, cuando llega la tarde el sol y la calor les roba la cobertura y aparecen frescas y ligeras en el paseo, como las mariposas, mientras los muchachos las siguen y las persiguen. Unos con elegancia y galantería y otros enardecidos como animales llevados por la querencia. En el paseo, hace ya algunos días, reventaron en blanco los naranjos, y uno tras otro, imitando a los cielos, han llovido azahar sobre la acera. El efluvio sutil y delicado de su aroma hace grato caminar bajo sus ramas. Las tardes son hermosas y el paisaje es agradable y multicolor. Marismas está feliz. Es primavera.
Manuel  Visglerio Romero - Marzo 2.012

viernes, 30 de marzo de 2012

LA ESPERA




Podría escribir una
y mil veces tu nombre
sobre una pared blanca,
enjalbegada.
Esperar tu recuerdo
y tu regreso,
esperar tu llegada.
Aguardarán
mis labios tu voz,
mis ojos tu mirada,
mi olfato tu perfume,
mi oído tu llamada.
Y cuando mi piel
sobre tu piel descanse,
quedaremos los dos
junto a la cal,
compartiendo la luz,
la tierra
y la mañana.
Junio 2.010

jueves, 29 de marzo de 2012

PASIÓN DECEPCIONADA


Era Jueves Santo. Llevábamos más de doce horas caminando por las calles de Sevilla. Apenas nos habíamos sentado un par de veces; una vez para almorzar y otra para tomarnos un café, por supuesto en una terraza, pendientes del  bullicio de la calle. Sobre todo él, que ni siquiera mientras comíamos dejaba de estar pendiente de todo. Y aunque estábamos sentados frente a frente, apenas me miraba a la cara porque sus ojos permanecieron siempre alerta de cualquier detalle. Una mujer con mantilla, un nazareno, un músico con uniforme de gala, el escudo de solapa del señor que se sentaba a nuestro lado. Todo lo que sucedía en la Semana Santa giraba a su alrededor, incluso la dieta estaba condicionada. Espinacas con garbanzos, patatas con chocos, calamares a la riojana y tarbinas de bacalao, formaban parte de su exclusivo menú, rematado con pestiños y torrijas, del que él jamás se desviaba desde el miércoles de ceniza. Y claro, el recetario lo dirigía inevitablemente a un reducido y selecto grupo de bares planificados después de muchos años de búsqueda. Sólo estuve con él de pascuas a ramos. En nuestro caso el dicho se aplicó casi con exactitud, porque lo conocí un Domingo de Gloria y nos despedimos aquel Jueves Santo. Durante ese año me fue mostrando las pinceladas de su fervor cofrade. Vivía sólo con su madre viuda en un piso antiguo en el que no  faltaba un detalle cofradiero: desde el Dios bendiga esta casa de la puerta de entrada, hasta la colección multicolor de figurillas de barro con las distintas ropas de nazarenos, y las numerosas fotografías, repartidas por todo el piso, de todos los Cristos y  las Vírgenes de su devoción. Recuerdo que su señora madre, me puso sobre aviso de sus manías cuando su hijo empezó a querer identificarme todos las insignias de su colección de hermandades.
-          ¡Niño hijo, no atosigues a la muchacha con tus historias!
Creo que aquello lo dijo la primera vez, de las pocas veces que estuve en la casa. Me resultó una mujer muy sencilla y muy simpática. Y también recuerdo que a su hijo no le agradaban para nada los comentarios que me hacía sobre sus aficiones.
-      Niña hija a ver si tu eres capaz de quitarle los santos de la cabeza que a mí ya me tiene “jartita” con tanto santo y con tanto pito. Que no he visto más que le gusta una marcha.
Y tenía razón, porque aunque al principio parece que le dio algún reparo, a partir de la segunda vez que salimos juntos no hubo una vez que nos montásemos en su coche que no colocara un disco con marchas procesionales. ¡Incluso en agosto viajamos a la playa bajo los acordes de Amargura y los Campanilleros!
Después vinieron los cultos, los traslados, los viacrucis y otra vez los traslados y otra vez los cultos, y otra vez los viacrucis y los ensayos de las cuadrillas de costaleros. Y que si este capataz es el mejor de Sevilla. Y que si vamos a los ensayos de la banda del paso de misterio de tal hermandad que tiene un cornetín que te pone los pelos de punta. Que mañana no salgo porque tengo que escuchar el pregón del costalero o la exaltación de la saeta. Y después el pregón general. Y después el domingo de ramos y visitar todas las iglesias, basílicas y capillas, para ver a todos los Cristos y todas las Vírgenes de Sevilla. Y siempre el olor a incienso que tenía cosido a la ropa como si tuviera colgado un botafumeiro del techo de su habitación. Todo lo aguanté porque me había hecho tilín. Y todas las pruebas las fui superando hasta la estampida de la madrugá. El muy sinvergüenza, cuando vio llegar la marea humana me soltó de la mano y me dejó desvalida e indefensa frente a la marabunta. Aquello, aparte del susto y del disgusto, me costó un esguince de tobillo. Desde entonces no lo he vuelto a ver. Él me llamó a los pocos días, pero yo me negué a contestar a sus llamadas. Una puede pasar por tener un novio capillita, pero tener un novio capillita, cobarde, desconsiderado y descortés, es mucho más de lo que mis sentimientos pueden llegar a soportar. Para un personaje así, me quedo con Harrison Ford, que por lo menos es guapo y valiente, aunque sea inalcanzable. Bueno, eso nunca se sabe.
Manuel Visglerio Romero - Abril 2011

martes, 20 de marzo de 2012

EL AUTOBÚS



Todavía no ha amanecido. Son las seis y media de la mañana. La cara de Lucía, hierática y dormida, se refleja en los cristales del autobús. Sobre el fondo negro de la madrugada, la luz apagada del autocar, convierte las lunas en espejos.
Además de Lucía, desperdigados por los asientos hay otros cuatro pasajeros;  tres mujeres y un hombre. A ella no le gusta sentarse en el asiento del pasillo porque cada vez que sube alguien tiene que andar moviéndose para no rozar su cara con los pasajeros. Pero eso ahora con la crisis hace tiempo que no ocurre. En menos de tres años el paro ha ido consumiendo el pasaje del autocar. A esta hora de la mañana el autobús rueda sobre el asfalto como si fuera un buque fantasma.       
Cuando se mira en la luna, Lucía se da cuenta de que a pesar de haber estado más de cinco minutos maquillándose, no ha logrado disimularse las ojeras. Cuando cobre la paga extra tiene que comprarse un estuche decente y alguna crema.
El autobús se detiene en la última parada antes de salir a la autopista. El chirrido de los frenos suena como un lamento. El conductor acciona una palanca y las puertas se abren acompañadas de un silbido que parece el resoplido de un enorme animal moribundo.
En la parada se suben un hombre mayor y una jovencita. A la jovencita Lucía no la conoce aunque su cara le resulta familiar. El hombre se llama Juan porque el conductor lo saluda cada mañana por ese nombre. Trabaja de guarda en un almacén o en algo parecido. El saludo de los dos hombres es toda la conversación que se escucha cada mañana. Los demás pasajeros actúan siempre como autómatas. Suben en silencio, pagan en silencio su billete y se acomodan callados en sus asientos. El guarda es el único pasajero que sale a esas horas del trabajo. Es el único que a esas horas no acaba de levantarse.
La chica joven viene envuelta en un abrigo de punto y tiene puestas unas mallas negras que no le favorecen en nada porque tiene un culo enorme. Lucía no se lo ve pero lo intuye bajo el tejido de punto del abrigo. Para ella está claro que algunos jóvenes no tienen ningún sentido del ridículo.
En el carril de incorporación a la autopista el conductor no frena y un Opel lo adelanta dando ráfagas y tocando insistentemente el claxon. El autobús le responde con la luz larga, y entonces el conductor del Opel saca el brazo y pone los cuernos. El conductor del autobús emite un gruñido. Algunas cabezas se asoman alertadas al pasillo mirando hacia adelante.
Cuando Lucía ha visto el coche se ha acordado de Paco. Él tiene un Opel como el que acaba de pasar al autobús. El color no sabe si es el mismo porque es de noche y de noche todos los coches son del mismo color.
Alguien comenta el gesto de los cuernos y Lucía vuelve a acordarse de Paco porque ese gesto es muy propio de él, pero ese gesto no lo ha hecho Paco porque Lucía acaba de dejarlo acostado roncando como un desesperado.
Cuando ha pensado en los ronquidos de Paco, Lucía se da cuenta de que nunca ha oído a nadie que ronque de la manera que lo hace su marido. Su padre y su hermano Martín roncaban pero no de la manera tan estruendosa de Paco. La verdad es que tampoco ha tenido a nadie tan cerca para escuchar sus ronquidos porque en su vida sólo se ha acostado con un hombre. A lo mejor si le hubiera puesto los cuernos a Paco podría decir otra cosa.
El conductor del autobús toca el claxon por alguna razón pero nadie se da cuenta del motivo. Adelanta a un camión cargado de tablones de madera y regresa al carril de la derecha. El conductor conecta la radio y se oye por los altavoces a alguien cantando una canción en inglés. El volumen de la música es muy bajo; casi no se escucha por culpa del motor. A Lucía le da igual el volumen porque de todas formas no entiende nada de inglés. Si Paco hubiera seguido con el inglés, Lucía está convencida de que no estaría parado y tirado todo el día en el sofá.
El autobús alcanza a un camión frigorífico. Por el tubo de escape va soltando un humo blanco denso y turbulento. Cuando el autobús lo pasa Lucía lee en la banda del camión que los pollos de Avicosa son los mejores del mundo. No sabe porqué, pero en ese momento se acuerda de Marta, la cuñada de su hermano Martín. Marta dice con una rotunda seguridad que su marido ronca más que Paco. Seguramente se ha acordado de Marta por una asociación de ideas entre el humo, el tabaco y los ronquidos.
Lucía no se explica cómo algunas personas pueden hablar con tanta seguridad de lo que no saben. Ni por qué los males de Marta y su familia tienen que ser peores que los del resto de la humanidad. Y entonces se dice a sí misma para convencerse que la cuñada de Martín no puede saber cómo ronca Paco porque no se acuesta con él todas las noches.
Cuando Lucía se da cuenta de sus pensamientos se estremece y presiente que Paco  puede haberse liado con la imbécil de Marta. Niega maquinalmente y contempla en la luna el balanceo de su cabeza. Lucía sabe que no es posible que Paco esté liado con Marta, porque la cuñada de Martín es muy escrupulosa y le dan asco los hombres que fuman y beben. Y Paco bebe y fuma. Fuma muchísimo y bebe demasiado, aunque él nunca lo reconoce. Ella sabe lo de los escrúpulos de Marta porque una vez le oyó decir que ella era más escrupulosa que nadie, aunque ahora no recuerda dónde ni cuándo.
El sonido de un móvil rescata a Lucía de los escrúpulos de Marta y hace que algunas cabezas vuelvan a asomarse alertadas al pasillo mirando hacia atrás. El móvil es de una mujer mayor que siempre se sienta en la parte trasera. La mujer se duerme apenas arranca el autobús y alguna vez Lucía ha tenido que despertarla al final del trayecto. Como estaba dormida le cuesta encontrar el móvil en el bolso. Cuando contesta lo hace en voz alta y todos se enteran de que a la señora no le agrada que la llame su hija a esas horas para preguntar por unas bragas negras. Lucía, sin decírselo, le da la razón a la mujer del móvil porque a ella le pasa lo mismo con su propia hija.
¡No saben dónde están las cosas porque no las buscan! Es lo que le diría a esa señora si la conociera de algo. Pero sólo la conoce del autobús y de haberla visto alguna vez en algún lugar del pueblo; seguramente en el supermercado o en el ambulatorio. En otro lugar es difícil haberla visto porque ella casi nunca sale de casa.  
Mientras Lucía está intentando recordar en qué lugar vio a esa mujer, el autobús sale de la autopista y se para en el primer semáforo que se encuentra a la entrada de la ciudad. A Lucía le parece mentira, pero todas las mañanas el autobús se para en el mismo semáforo. Al conductor parece que le da igual, pero Lucía piensa que si condujera Paco el autobús ya estaría blasfemando, porque Paco tiene muy poca paciencia.
Como algo instintivo, cuando el autobús reanuda la marcha, Lucía se inclina sobre el asiente contiguo y mira a través del pasillo la larga avenida de entrada salpicada a todo lo largo de luces rojas y verdes y de destellos de faros. La ciudad está empezando a despertarse y los coches le parecen a Lucía la marabunta de un gigantesco hormiguero.
El autobús vuelve a pararse en un semáforo. Lucía sabe, porque un día lo comentó el conductor lamentándose, que en la avenida si te encuentras el primer semáforo en rojo terminas parándote en casi todos. En el último semáforo antes de que el autobús gire a la izquierda y se encamine hacia la estación, un hombre negro con reflejos de luz verde, se agacha sobre una bolsa y saca entre las manos una pila de pañuelos de papel. A Lucía le dan pena los negros; pero eso no lo dice delante de Paco, porque Paco empieza a despotricar contra los negros y contra los moros, como si los negros y los moros tuvieran la culpa de que él esté todo el día tumbado en el sofá.  
El autobús entra en una rotonda y rodea una fuente desecada; gira a la izquierda y enfila hacia la embocadura de la estación que es un enorme portalón de madera abierto y un túnel oscuro. El portalón y el túnel son como la boca y las fauces de un monstruo devorador de autobuses. Al traspasar el pasadizo todos comienzan a levantarse de sus asientos antes de que el autobús llegue a su dársena. Es algo instintivo, siempre ocurre lo mismo, parece como si el pasaje huyera de una prisión ambulante. En el  andén, al ritmo de la hora punta, la gente se esquiva y se atropella por la prisa. Unos corren buscando su embarque y otros bajan de los autobuses con urgencia como si algo fuese a explotar a sus espaldas. Al fin los frenos del autobús de Lucía chillan anunciando la llegada y se oye el resoplido de las puertas al abrirse como si el autobús suspirara vencido por la fatiga. El aire es frio y el paisaje denso a causa del humo de los tubos de escape. Lucía camina por el andén hacia la salida. Otro día amanece.
Manuel Visglerio Romero - Febrero 2012